La orden era clara, avanzar con cuidado, mantener la formación, reportar cualquier cosa inusual inmediatamente. Alberto iba en el flanco izquierdo de la formación, sus botas hundiéndose en el barro con cada paso, su rifle M1 Garand sostenido firmemente contra su pecho, sus ojos escaneando constantemente la densa vegetación que los rodeaba. Había algo en el aire esa mañana que lo inquietaba, una especie de silencio antinatural que le erizaba la piel del cuello. Los pájaros, que normalmente llenaban la selva con sus cantos estridentes, estaban callados.
Los monos que usualmente chillaban y saltaban entre las copas de los árboles estaban invisibles. Era como si la selva misma estuviera conteniendo la respiración, esperando algo terrible que estaba por suceder. Alberto había aprendido a confiar en esos instintos durante sus meses en combate. La selva te hablaba si sabías escucharla, te advertías y prestabas atención. Y en ese momento cada fibra de su ser le gritaba que algo andaba mal. Se detuvo levantando su puño cerrado en la señal universal de alto y el resto del pelotón se congeló detrás de él.
El teniente Morrison se acercó rápidamente agachándose junto a Alberto, sus ojos interrogantes. Alberto no hablaba mucho inglés, pero había aprendido las palabras esenciales para sobrevivir en combate. “Something wrong”, susurró señalando hacia adelante, hacia un claro que podían ver entre los árboles, donde el sendero se ensanchaba antes de adentrarse nuevamente en la espesura. Silence. Too much silence. Morrison frunció el ceño escuchando y lentamente comenzó a asentir. Él también lo sentía. Ahora sacó sus binoculares y estudió el claro cuidadosamente, buscando cualquier señal de una emboscada.
Pero todo parecía normal, demasiado normal quizás. Era Alberto quien tuvo la idea que cambiaría todo. Mientras Morrison estudiaba el claro, Alberto estaba mirando el terreno de una manera diferente. No como un soldado buscaría señales de enemigos, sino como un campesino examinaría su tierra. Y de repente lo vio. El patrón estaba mal. Las plantas en el claro, la manera en que crecían, la distribución de la vegetación baja no era natural. Alberto había pasado toda su vida trabajando la tierra.
Conocía cómo las plantas crecen y se distribuyen naturalmente, cómo responden a la luz del sol, cómo compiten por espacio y nutrientes. Y lo que veía en ese claro estaba artificialmente organizado. Alguien había movido vegetación, había replantado arbustos, había camuflado algo. Tocó el brazo de Morrison urgentemente y, luchando con su inglés limitado, intentó explicar lo que veía. las plantas. Comenzó buscando las palabras no correct, no natural, como como jardín. Someone, alguien pat. Morrison lo miró confundido al principio, pero Alberto insistió usando sus manos para demostrar, dibujando en la tierra lodosa, explicando con gestos y palabras fragmentadas cómo un campesino podía ver lo que otros soldados no podían.
Finalmente, Morrison lo entendió. llamó a su sargento y le explicó la teoría de Alberto. Necesitaban verificar antes de enviar al pelotón completo a través de ese claro. Decidieron enviar un equipo de reconocimiento pequeño para investigar desde los flancos, manteniéndose en la cobertura de la selva densa. Tres hombres se movieron silenciosamente hacia la derecha, otros tres hacia la izquierda, rodeando el claro. El resto del pelotón esperaba en tensión absoluta, con los dedos en los gatillos, respirando apenas. Alberto observaba intensamente su corazón latiendo como un tambor de guerra en su pecho.
Habían pasado 10 minutos que parecieron horas cuando uno de los equipos de reconocimiento regresó con noticias que confirmaron los peores temores. Habían encontrado cables trampa escondidos bajo la vegetación superficial conectados a minas terrestres japonesas enterradas en todo el claro. Además, habían detectado posiciones de ametralladoras camufladas en los árboles al otro lado del claro, perfectamente posicionadas para masacrar a cualquier unidad que intentara cruzar. Era una zona mortal, una trampa perfectamente diseñada. Si Alberto no hubiera notado las irregularidades en la vegetación, si no hubiera confiado en su instinto de campesino, si Morrison no hubiera tenido la sabiduría de escuchar a un soldado mexicano que apenas hablaba inglés, todo el pelotón habría entrado directamente en esa emboscada.
Docenas de hombres habrían muerto en los primeros segundos, destrozados por las minas y cortados por el fuego de ametralladora, antes de siquiera entender qué estaba sucediendo. Morrison inmediatamente reportó por radio la situación al comando, proporcionando las coordenadas exactas de la posición enemiga. La respuesta llegó rápidamente. Un ataque aéreo eliminaría la amenaza. Y así fue como el destino tejió un encuentro extraordinario en el cielo sobre la selva filipina. Entre los pilotos que recibieron la orden de misión esa tarde estaba el capitán Radamés Gaxiola Andrade, uno de los pilotos más respetados del escuadrón 2011.
Był człowiekiem z Sonory, który pilotował swój P47 z precyzją chirurga i odwagą azteckiego wojownika. Gdy Radamés otrzymał współrzędne i opis celu, gdy usłyszał, że zasadzka została odkryta dzięki meksykańskiemu żołnierzowi na ziemi, poczuł przypływ dumy. Poczuł falę dumy, która niemal go przytłoczyła. Nie byli sami tam na niebie. Nie byli jedynymi Meksykanami piszącymi historię tej wojny. Byli też meksykańscy bracia walczący w okopach, ratując życie dzięki swojej pomysłowości i odwadze, reprezentując Meksyk z taką samą godnością jak Aztec Eagles.
Radamés i jego formacja 4P47 wystartowali z pasa startowego w Clarkfield, ich silniki ryczały z powściągliwej furii i obrali kurs na wskazane współrzędne. Ze swojego miejsca w dżungli Alberto najpierw usłyszał odległy dźwięk, ten nieomylny ryk silników Prat Whitney, zbliżających się, narastających, aż w grzmot, który wstrząsnął samym powietrzem. A potem zobaczył ich wyłaniających się z niskich chmur jako mściwi aniołowie. 4 P47 Thunderbolt z meksykańskimi insygniami lśniącymi w tropikalnym słońcu, latające w idealnej formacji.
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