Jak "szalony pomysł" meksykańskiego chłopa powstrzymał japońską zasadzkę w dżungli...

pensaba en el momento sublime cuando vio los P47 con insignias mexicanas apareciendo entre las nubes, llevando salvación en sus alas. Pensaba en la ceremonia en Clarkfield, en las palabras del coronel Cárdenas, en el apretón de manos del capitán Gaxiola. Pensaba en María esperándolo en Jalisco, con dos hijos que apenas lo recordarían, con una vida que tendrían que reconstruir juntos. pensaba en cómo explicaría todo esto a sus nietos algún día, como les contaría que su abuelo, un simple campesino de los Altos, había peleado junto a las legendarias águilas aztecas en la Segunda Guerra Mundial.

¿Cómo les contaría que había salvado vidas usando nada más que los conocimientos que había aprendido trabajando la Tierra mexicana? Cuando Alberto finalmente cruzó de regreso a México en diciembre de 1945, cuando pisó suelo mexicano por primera vez en más de 3 años, se arrodilló y besó la tierra sin importarle quién lo viera o qué pensaran. Esta tierra, este país, había estado en su corazón cada minuto de cada día que pasó en el infierno de la selva filipina.

México lo había formado, le había dado los valores de trabajo duro y dignidad que lo sostuvieron cuando todo parecía perdido. México le había dado la perspectiva única que le permitió ver lo que otros soldados no podían ver. Y ahora México lo recibía de vuelta, no como un héroe con desfiles y bandas, sino como recibía a todos sus hijos que regresaban de la guerra. Lo recibía con abrazos silenciosos, con lágrimas de gratitud, con la promesa tácita de que su sacrificio nunca sería olvidado.

Alberto regresó a su pueblo en Jalisco, a su pequeña parcela de tierra, a sus hijos que lo miraban con ojos grandes y asombrados, a María que lo abrazó con una fuerza que parecía querer compensar por todos los abrazos perdidos durante los años de separación. intentó volver a su vida anterior, trabajar la tierra como siempre lo había hecho, pero todo era diferente ahora. No podía mirar sus campos sin recordar las selvas de Filipinas. No podía escuchar aviones pasando sobre su cabeza sin sentir una punzada en el pecho, recordando esos P47 hermosos y letales con las insignias tricolor.

No podía reunirse con otros hombres del pueblo sin pensar en los compañeros que había dejado atrás, enterrados en cementerios militares a miles de kilómetros de casa. Los años pasaron. Alberto envejeció. Su cabello se volvió gris. Sus manos se volvieron aún más callosas. Su espalda se encorbó por décadas de trabajo bajo el sol. Tuvo más hijos. Vio a sus nietos nacer y crecer. Construyó una vida que era simple, pero digna, pobre, pero rica en amor y familia. Y cada 16 de septiembre, cada día de la independencia mexicana, Alberto se ponía su vieja chaqueta militar.

la única pieza de su uniforme que había conservado, con sus medallas cuidadosamente pulidas, prendidas al pecho y marchaba en el desfile local del pueblo. Los jóvenes lo miraban con curiosidad, preguntándose quién era este anciano con medallas extranjeras. Los mayores lo saludaban con respeto, recordando las historias que había compartido en las cantinas hace décadas. Historias sobre la guerra en el Pacífico, sobre las águilas aztecas, sobre el día en que un campesino mexicano salvó a todo un pelotón usando nada más que su conocimiento de cómo crecen las plantas.

Y cuando Alberto murió en 1987 a los 68 años, su funeral fue un asunto modesto asistido por familia, vecinos y algunos veteranos ancianos que habían servido con él. No hubo titulares en periódicos nacionales, no hubo menciones en libros de historia, no hubo reconocimiento oficial del gobierno. Alberto Mendoza pasó a la historia como pasan la mayoría de los héroes reales, en silencio, sin fanfarria. fue olvidado por todos, excepto aquellos que lo amaron y aquellos cuyas vidas tocó directamente, pero su historia merece ser contada, merece ser recordada, porque Alberto Mendoza representa algo fundamental sobre la participación de

México en la Segunda Guerra Mundial, algo que va mucho más allá de las estadísticas de misiones voladas o batallas ganadas. representa el hecho de que el heroísmo mexicano en esa guerra no se limitó a los pilotos de élite del Escuadrón 2011, por muy valientes y admirables que fueran esos hombres. El heroísmo mexicano estaba en cada brasero que trabajó los campos estadounidenses para alimentar a las tropas aliadas mientras sus propias familias pasaban hambre en casa. Estaba en cada trabajador de las fábricas mexicanas que producía materiales para el esfuerzo de guerra, a menudo en condiciones peligrosas y por salarios miserables.

en cada soldado mexicano que se unió a las fuerzas estadounidenses y peleó en Europa, África del Norte o el Pacífico, hombres cuyos nombres nunca aparecieron en documentos oficiales mexicanos porque técnicamente estaban sirviendo bajo otra bandera, pero que llevaban México en sus corazones con cada latido. estaba en las familias que enviaron a sus hijos a la guerra y esperaron con angustia mortal cada día por noticias, mirando constantemente hacia el camino, esperando ver la figura familiar regresando a casa.

Estaba en las mujeres que tomaron los trabajos de los hombres que se habían ido, que mantuvieron funcionando las granjas y los negocios, que criaron solas a los hijos mientras sus esposos peleaban a miles de kilómetros de distancia. La historia de México en la Segunda Guerra Mundial es más grande y más compleja de lo que generalmente se cuenta. Sí, las Águilas Aztecas del Escuadrón 2011 merecen todo el reconocimiento y admiración que reciben. Esos 300 hombres que volaron 59 misiones de combate sobre Filipinas y Formosa, que enfrentaron fuego antiaéreo mortal y condiciones brutales, que perdieron compañeros, pero

nunca perdieron su determinación, que representaron a México con valor incomparable en los cielos de guerra, son genuinos héroes nacionales, pero junto a ellos deberían estar los Alberto Mendozas delund mundo, los campesinos y trabajadores que también sirvieron, que también sangraron, que también honraron la bandera mexicana con sus acciones. Deberían estar los miles de braseros que cruzaron la frontera y mantuvieron funcionando la agricultura estadounidense, mientras millones de estadounidenses peleaban en ultramar. Deberían estar los trabajadores de fábricas mexicanas que produjeron materiales críticos para el esfuerzo de guerra aliado.

Deberían estar las enfermeras mexicanas que atendieron heridos en hospitales militares. Deberían estar los marineros mexicanos que navegaron con boyes peligrosos, llevando suministros a través de océanos infestados de submarinos. Todos ellos contribuyeron a la victoria final sobre el fascismo. Todos ellos merecen ser recordados. Todos ellos son parte de la historia de México en la guerra. Y hay otra dimensión de esta historia que merece reflexión. Alberto Mendoza era un hombre pobre, con educación limitada, que hablaba inglés con dificultad, que venía de uno de los sectores más marginados de la sociedad mexicana.

En muchas narrativas históricas, hombres como él son invisibles, reducidos a estadísticas sin rostro, mencionados solo en términos de números y porcentajes. Pero la historia de la emboscada en la selva filipina nos recuerda que estos hombres ordinarios poseían conocimientos extraordinarios, destrezas invaluables, perspectivas únicas que resultaron ser cruciales en momentos críticos. El conocimiento de Alberto sobre cómo crecen las plantas, una destreza desarrollada en los campos de Jalisco y considerada sin valor en el mundo moderno industrializado, salvó docenas de vidas ese día, en mayo de 1945.

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