Estábamos cerca. Podía sentir la tensión aumentando, la sensación de que algo importante estaba a punto de suceder. Diego dijo Natalia de repente con voz tensa. Ese coche detrás de nosotros, ¿cuánto tiempo lleva siguiéndonos? Miré por el espejo retrovisor, un sedán gris, vidrios polarizados, manteniendo una distancia constante. Había estado tan absorto en nuestra conversación que no lo había notado. “No lo sé”, admití sintiendo la adrenalina comenzar a fluir. “¿Crees que son ellos?” “No lo sé, pero no podemos arriesgarnos.” Aceleré ligeramente probando.
El sedán también aceleró, manteniendo la distancia. definitivamente nos seguían. “Maldición”, murmuré. “¿Cómo nos encontraron?” Natalia palideció. “El motel debía haberlo sabido. Ramón tiene contactos en todas partes. Probablemente el encargado nos delató. ¿Qué hacemos? Seguimos hacia Querétaro. Héctor vive en el centro de la ciudad. Si podemos llegar ahí, estaremos más seguros. Ramón no se atreverá a hacer nada en pleno día. en una zona concurrida. Esperaba que tuviera razón. Mantuve la velocidad alta, pero sin ser tan obvio como para provocar una persecución.
El sedán nos seguía paciente esperando el momento adecuado. Cuando finalmente entramos a los límites de la ciudad, el tráfico se volvió más denso. Era media mañana y las calles estaban llenas de gente yendo a trabajar, estudiantes, vendedores ambulantes. El sedán seguía detrás de nosotros, pero ahora había otros vehículos entre nosotros. ¿A dónde?, pregunté. Natalia consultó su teléfono. Toma la siguiente salida. La casa de Héctor está en el barrio de Santa Rosa. Seguí sus instrucciones navegando por calles estrechas y empedradas que el Kenworth apenas podía transitar.
El sedán nos seguía, pero con más dificultad. Finalmente llegamos a una calle tranquila con casas coloniales de colores brillantes. Es esa señaló Natalia indicando una casa amarilla con puerta de madera tallada. Estacioné el camión y bajamos rápidamente. El sedán había desaparecido, pero sabía que no estábamos a salvo. Ramón sabía dónde estábamos. Era solo cuestión de tiempo. Antes de que hiciera su movimiento, Natalia tocó la puerta con urgencia. Después de un momento, un hombre de unos 50 años, cabello canoso y lentes, abrió la puerta.
Su expresión de sorpresa rápidamente se convirtió en preocupación. Natalia. Dios mío, pensé que estabas muerta. Casi, respondió ella. Héctor, necesitamos tu ayuda ahora. El hombre nos hizo pasar rápidamente, cerrando la puerta detrás de nosotros. La casa era acogedora, llena de libros y papeles, claramente la casa de un periodista. ¿Quién es él?, preguntó Héctor mirándome con desconfianza. Diego, me ha estado ayudando. ¿Puedes confiar en él? Héctor asintió, aunque no parecía completamente convencido. ¿Qué está pasando, Natalia? Después de la muerte de Javier, desapareciste.
Ramón dijo que habías tenido un colapso nervioso. Ramón es un mentiroso dijo Natalia con fiereza, y un asesino mató a Javier Héctor, y tengo las pruebas. Los ojos de Héctor se abrieron con sorpresa. ¿Qué? ¿Estás segura? Natalia sacó la memoria USB de su mochila y se la entregó. Todo está ahí. Documentos financieros que prueban que Ramón ha estado desviando fondos de la empresa familiar durante años. Correos electrónicos donde discute negocios con el crimen organizado y grabaciones de conversaciones donde admite haber ordenado la muerte de Javier.
Héctor tomó la memoria con manos temblorosas. Si esto es real, Natalia, esto es dinamita. Esto no solo hundirá a Ramón, sino a toda su red de corrupción. Por eso, necesito que lo publiques hoy, ahora, antes de que Ramón pueda silenciarme. Te está persiguiendo. Nos está persiguiendo, corregí. Y está cerca, muy cerca. Héctor nos miró a ambos evaluando la situación. Finalmente asintió. Está bien, déjenme revisar esto. Si es lo que dices, lo publicaré en las próximas horas. Pero Natalia, una vez que esto salga, no habrá vuelta atrás.
Ramón vendrá por ti con todo lo que tiene. Lo sé, dijo Natalia con calma. Por eso necesito que también contactes a la Fiscalía Federal. Necesito protección de testigos. Puedo hacer eso dijo Héctor ya moviéndose hacia su computadora. Pero tomará tiempo. Mientras tanto, quédense aquí. Mi casa es segura. Nos sentamos en la sala mientras Héctor trabajaba. Podía escucharlo tecleando furiosamente, ocasionalmente murmurando para sí mismo. Natalia se recargó contra mí, agotada. “Casi terminamos”, susurró. “Casi”, repetí, aunque una parte de mí sabía que lo peor aún estaba por venir.
Pasó una hora, luego dos. Héctor salió de su oficina con expresión grave. Esto es increíble, dijo Natalia. Aquí hay suficiente evidencia para meter a Ramón en prisión por el resto de su vida. Y no solo a él, sino a al menos una docena de funcionarios corruptos, policías, incluso un juez. ¿Puedes publicarlo?, preguntó Natalia con urgencia. Ya lo hice, respondió Héctor con una sonrisa. hace 10 minutos y también envié copias a la Fiscalía Federal, a la Comisión Nacional de Derechos Humanos y a tres medios internacionales.
Esto va a explotar, Natalia. En cuestión de horas, todo México sabrá lo que Ramón ha hecho. Natalia se derrumbó en mis brazos soyloosando de alivio. Lo habíamos logrado. Después de días de huir, de temer por nuestras vidas, finalmente habíamos logrado exponer la verdad. Pero nuestra celebración fue interrumpida por el sonido de vidrios rompiéndose. La ventana de la sala explotó hacia adentro y antes de que pudiéramos reaccionar, hombres armados entraron a la casa. Ramón había llegado y esta vez no se iría sin lo que quería.
Si te está gustando esta historia, te invito a que te suscribas al canal y actives la campanita para no perderte ningún capítulo. Y si conoces a alguien que disfrute de estas historias, compártela. Nos ayudas muchísimo a seguir creciendo. Los hombres de Ramón nos rodearon en segundos. Eran cuatro, todos armados, todos con la misma expresión fría y profesional. El líder, el mismo hombre corpulento con cicatriz que habíamos encontrado en la carretera, nos apuntó con su arma. “Nadie se mueve”, ordenó con voz calmada.
Héctor levantó las manos pálido como un fantasma. Natalia se aferró a mí, pero su rostro mostraba desafío más que miedo. Yo calculaba las posibilidades de hacer algo, cualquier cosa, pero éramos tres civiles desarmados contra cuatro hombres con pistolas. Las matemáticas no estaban de nuestro lado. Natalia dijo una voz desde la puerta. Ramón Salazar entró a la casa con la confianza de alguien que ya había ganado. Era un hombre de unos 50 años, bien vestido, con el tipo de rostro que podría parecer amable si no fuera por la frialdad en sus ojos.
Ha sido muy difícil de encontrar. Vete al infierno, Ramón. Escupió Natalia. Ramón sonríó sin humor. Siempre fuiste dramática, igual que mi hermano. Mira a dónde lo llevó eso. Mataste a tu propio hermano dijo Natalia con voz temblorosa de rabia. ¿Cómo puedes vivir contigo mismo? Javier era débil, respondió Ramón con indiferencia. Iba a arruinar todo lo que había construido por un ataque de conciencia. No tuve opción. Siempre hay opción. Intervine sin poder contenerme. Elegiste el dinero sobre la familia.
Ramón me miró como si apenas hubiera notado mi presencia. ¿Y tú quién eres? El novio nuevo. ¡Qué tierno, Natalia siempre tuvo debilidad por los proyectos de caridad, cállate”, dije con más valentía de la que sentía. Ramón Río, tienes agallas, muchacho. Lástima que también tengas pésimo juicio. Meterte con Natalia fue tu sentencia de muerte. Ya es tarde, Ramón, dijo Héctor encontrando su voz. La historia ya está publicada. Todo México sabe lo que hiciste. La Fiscalía Federal ya tiene las pruebas.
Aunque nos mates, no cambiará nada. La expresión de Ramón se oscureció. ¿Qué? Lo publicó hace una hora. dijo Natalia con una sonrisa triunfante. Se acabó, Ramón, perdiste. Por un momento vi algo parecido al pánico en los ojos de Ramón. Sacó su teléfono y comenzó a revisar. Su rostro se puso rojo de furia mientras leía. seas, Siseo. ¿Sabes lo que has hecho? ¿Sabes cuántas personas van a caer por esto? Personas que merecen caer. Respondió Natalia con firmeza. Ramón guardó su teléfono y nos miró con odio puro.
Si voy a caer, no caeré solo. “Ustedes tres van a acompañarme”, levantó su propia arma apuntando directamente a Natalia. El tiempo pareció detenerse. “Vera pasar frente a mis ojos, pero más que eso, vi el futuro que nunca tendría con Natalia. Vi las mañanas que nunca despertaríamos juntos, las conversaciones que nunca tendríamos, el amor que nunca podríamos completar. No podía dejar que eso pasara. Me moví sin pensar, poniéndome frente a Natalia, justo cuando Ramón apretaba el gatillo. Escuché el disparo, sentí el impacto y luego nada.
El dolor era insoportable. Abrí los ojos y vi el techo blanco de un hospital. Voces distantes, pitidos de máquinas, el olor a desinfectante. Intenté moverme, pero mi cuerpo no respondía. Está despertando. Escuché una voz femenina. Iré la cabeza con esfuerzo. Natalia estaba ahí, sentada junto a mi cama con ojeras profundas y rostro demacrado. Cuando nuestros ojos se encontraron, ella comenzó a llorar. Diego”, susurró tomando mi mano. “Pensé que te había perdido.” “¿Qué pasó?” Mi voz sonaba ronca, extraña.
Te dispararon. La bala entró por el hombro, pero no tocó nada vital. Los médicos dicen que tuviste suerte. Natalia rió entre lágrimas. “Suerte. Te pusiste frente a una bala por mí.” Y llaman a eso suerte. Los recuerdos regresaron en oleadas. Ramón, el arma, el disparo. Y Ramón, arrestado, dijo una voz masculina. Héctor entró a la habitación con una sonrisa junto con todos sus cómplices. La Fiscalía Federal actuó rápido una vez que la historia se hizo pública. Ramón está en prisión preventiva enfrentando cargos de asesinato, lavado de dinero, asociación delictuosa.
Va a pasar el resto de su vida en prisión. Miré a Natalia. ¿Estás a salvo? Estoy a salvo, confirmó. Gracias a ti, Diego. Lo que hiciste fue la cosa más estúpida y más valiente que he visto en mi vida. Valió la pena dije apretando su mano. Héctor se aclaró la garganta. Los dejo solos. Natalia, recuerda lo que hablamos. Cuando Héctor se fue, Natalia me miró con expresión seria. Diego, hay algo que necesito decirte, algo importante. ¿Qué es?
Después de que te dispararon, después de que arrestaron a Ramón, hablé con los médicos sobre mi condición. Hizo una pausa y vi esperanza en sus ojos por primera vez. El dinero que recuperé, la herencia de Javier, es suficiente para el tratamiento experimental en Houston. Los doctores dicen que hay una posibilidad. No es grande, pero existe. ¿Vas a hacerlo?, pregunté sintiendo mi corazón acelerarse. “Sí”, respondió con determinación. “Voy a luchar, Diego, por mí, por Javier, por ti. Voy a luchar por tener un futuro.
Nuestro futuro, corregí.” Natalia sonrió y fue la sonrisa más hermosa que había visto. Nuestro futuro. Pasaron tres días antes de que me dieran de alta. Natalia no se separó de mi lado ni un momento. Hablamos de todo, de sus miedos, de mis esperanzas, de cómo sería nuestra vida cuando todo esto terminara. “Quiero que vengas conmigo a Houston”, dijo una noche mientras veíamos el atardecer desde la ventana del hospital durante el tratamiento. Sé que es mucho pedir. Sé que tienes tu vida, tu trabajo.
Natalia la interrumpí. No hay nada en mi vida más importante que tú. Iré a donde tú vayas. Ella me besó entonces suavemente como si tuviera miedo de romperme. “Te amo”, susurró contra mis labios. “Yo también te amo”, respondí. “Y vamos a tener nuestro final feliz, te lo prometo.” Pero ambos sabíamos que las promesas eran frágiles, especialmente cuando se trataba de la vida y la muerte. Sin embargo, en ese momento decidimos creer. Decidimos creer en los milagros, en el amor, en la posibilidad de que dos personas rotas pudieran sanar juntas.
My Big Titi 6 meses después estaba parado en el aeropuerto de Houston esperando. Natalia había estado en tratamiento durante todo ese tiempo y yo había estado con ella en cada paso del camino. Había sido duro la quimioterapia, la radiación, los días en que ella estaba tan débil que apenas podía levantarse de la cama. Pero también había sido hermoso. Habíamos aprendido a apreciar cada momento, cada sonrisa, cada amanecer. Habíamos construido una vida juntos en medio del caos, una vida pequeña, pero nuestra.
Y ahora esperaba los resultados de los últimos estudios. Los doctores habían llamado a Natalia esa mañana pidiéndole que fuera a la clínica. Yo había querido acompañarla, pero ella insistió en ir sola. Necesito hacer esto por mí misma, había dicho. Pero te prometo que sin importar lo que digan, estaremos juntos. Así que esperaba con el corazón en la garganta viendo a la gente pasar. Familias reuniéndose, amantes despidiéndose, viajeros solitarios perdidos en sus pensamientos, cada uno con su propia historia, sus propias batallas.
Entonces la vi. Natalia caminaba hacia mí y en su rostro había algo que no podía descifrar. tristeza, alivio, miedo. Cuando llegó frente a mí, se detuvo. Nos miramos durante un largo momento, el mundo entero desapareciendo a nuestro alrededor. ¿Y bien?, pregunté, apenas capaz de respirar. Natalia sonrió y fue una sonrisa que iluminó todo el aeropuerto. “Remisión completa”, dijo su voz quebrándose. “Diego, estoy en remisión completa. El cáncer se fue. No recuerdo haberme movido, pero de repente ella estaba en mis brazos y ambos estábamos llorando y riendo al mismo tiempo.
La gente nos miraba, pero no me importaba. Lo único que importaba era que ella estaba viva, que teníamos un futuro, que los milagros sí existían. Te lo dije, susurré en su oído. Te dije que íbamos a tener nuestro final feliz. Sí, respondió, besándome con una pasión que prometía mil mañanas más. Sí, lo dijiste. Nos quedamos así, abrazados en medio del aeropuerto, dos sobrevivientes que habían encontrado el amor en el lugar más inesperado. Y mientras la sostenía, supe con absoluta certeza que no importaba lo que el futuro trajera, lo enfrentaríamos juntos.
Porque el amor no conoce edad, no conoce límites, no conoce imposibles. El amor simplemente es. Y el nuestro era real, era fuerte y era para siempre. Un año después estaba parado frente a una pequeña casa en las afueras de Querétaro. Era modesta pero acogedora, con un jardín donde Natalia había plantado rosas y jaes. El Kenworth estaba estacionado afuera, ahora con un nuevo logo pintado en el costado. Transportes Morales Ansalazar. Natalia había insistido en que usáramos su apellido de casada en honor a Javier.
Era su forma de mantenerlo vivo, de asegurarse de que su muerte no había sido en vano. Ramón estaba cumpliendo tres cadenas perpetuas y la empresa familiar había sido liquidada con los fondos yendo a organizaciones de víctimas de corrupción. Héctor había ganado premios por su reportaje y se había convertido en una voz importante en la lucha contra la corrupción en México. Nos visitaba regularmente, siempre con nuevas historias, nuevas batallas que pelear, pero nosotros habíamos encontrado nuestra paz. Yo seguía trabajando como camionero, pero ahora con Natalia a mi lado.
Wróciła do nauczania literatury w lokalnej szkole. W weekendy podróżowaliśmy razem, odkrywając drogi Meksyku, tworząc nowe wspomnienia. O czym myślisz? – zapytała Natalia, wychodząc z domu z dwoma filiżankami kawy. Z powodu mojego szczęścia odpowiedziałem, biorąc filiżankę i przyciągając ją do siebie. My, poprawił go, jakie mamy szczęście. Miałem rację. Wbrew wszelkim przeciwnościom, wbrew wszelkim przeciwnościom, przetrwaliśmy. Odnaleźliśmy miłość pośród chaosu, nadzieję pośród rozpaczy, życie pośród śmierci.
Jestem dla ciebie stara," powiedziała Natalia z figlarnym uśmiechem, powtarzając słowa tej pierwszej nocy. "A sprawiłem, że drżałeś aż do świtu," odpowiedziałem z równie figlarnym uśmiechem. Zaśmiała się. Ten dźwięk, który stał się moim ulubionym na całym świecie. "Tak, udało ci się i nadal to robisz. Pocałowaliśmy się, gdy słońce zachodziło nad górami, malując niebo na pomarańcz i fioletowo. To był idealny moment, moment skradziony losowi, który próbował nas rozdzielić, ale walczyliśmy, przetrwaliśmy i teraz czekało nas całe życie
kochać się nawzajem, rozwijać się razem, pokazać, że prawdziwa miłość nie zna granic, bo ostatecznie nie liczył się wiek, nie liczyła się przeszłość, nie liczyły się przeszkody, liczyło się tylko to. Dwa serca bijące w rytmie, dwie dusze, które znalazły swój dom w sobie nawzajem, dwa życia na zawsze splecione. A gdy trzymałam Natalię w ramionach, patrząc na zachód słońca nad naszym domem, wiedziałam, że znalazłam swój cel, swój powód istnienia, swoje wszystko. Ona była moim cudem, a ja jej.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
