“Hola, pequeños”, dice agachándose hasta quedar a su altura. ¿Cómo se llaman? El niño mayor la mira con desconfianza. Ha aprendido que los adultos no siempre son de fiar. Alejandro susurra finalmente, abrazando más fuerte a su hermana. Ella es Sofía. María observa sus rostros demacrados, sus mejillas hundidas, la palidez que habla de días sin comida apropiada. ¿Cuándo fue la última vez que comieron algo caliente? Alejandro baja la mirada. Sofía esconde su cara en el hombro de su hermano.
El silencio es más elocuente que cualquier respuesta. Vengan conmigo dice María extendiendo sus manos hacia ellos. Alejandro duda. Señora, el señor de adentro nos va a gritar. Yo me encargo del Señor, responde María con una determinación que no sabía que poseía. Los tres entran al restaurante chorreando agua. Don Ricardo está rojo de ira, pero María no le da tiempo de reaccionar. guía a los niños directamente hacia la cocina, ignorando las miradas de curiosidad y desaprobación de algunos clientes.
Una vez en la cocina, María actúa con rapidez. Sabe que tiene pocos minutos antes de que su jefe estalle completamente. “Siéntense aquí”, dice señalando dos cajas de verduras. “¿Les gusta el pollo?” Los ojos de Sofía se iluminan por primera vez. Asiente vigorosamente. En la cocina, María se convierte en un torbellino de movimientos precisos. Toma el pollo asado que sobraba de la cena, lo desmenuza cuidadosamente y lo sirve en dos platos grandes. Añade arroz blanco recién hecho, frijoles negros humeantes y unas tajadas de plátano maduro.
Los niños observan cada movimiento como si fuera magia. “Tomen”, dice colocando los platos frente a ellos. Coman despacio para que no les duela el estómago. Alejandro no toca su comida. En cambio, toma la cuchara y comienza a alimentar primero a Sofía, dándole pequeños bocados y asegurándose de que mastique bien. El gesto parte el corazón de María. Este niño de 8 años ya ha aprendido que cuidar a otros es más importante que su propia hambre. Tú también debes comer”, le dice suavemente.
Ella primero responde Alejandro con una madurez desgarradora. Siempre ella primero. Sofía come con los ojos cerrados, saboreando cada bocado. Hace pequeños ruiditos de satisfacción que hacen sonreír a María a pesar de la tensión. “¿Dónde están sus papás?”, pregunta María mientras les sirve vasos de agua fresca. Alejandro se queda inmóvil. la cuchara a mitad de camino hacia su boca. Se fueron al cielo, dice finalmente, hace tres meses. Sofía deja de masticar y abraza más fuerte a su hermano.
Y no tienen otros familiares, abuelitos, tíos, solo nos tenemos nosotros, responde Alejandro. Y en esas cinco palabras está contenida toda su realidad. María siente que se le hace un nudo en la garganta, pero antes de que pueda responder, escucha pasos pesados acercándose hacia la cocina. Don Ricardo viene hacia ellos y por su manera de caminar, María sabe que está furioso. María González. La voz de don Ricardo resuena en toda la cocina como un trueno. Su rostro está completamente rojo, las venas de su cuello se marcan violentamente.
Los niños se encogen inmediatamente. Sofía comienza a llorar en silencio mientras Alejandro se coloca instintivamente frente a ella para protegerla. ¿Se puede saber qué significa esto? Don Ricardo señala los platos con comida. ¿Estás alimentando a vagabundos con EMI y comida? Son niños hambrientos, don Ricardo. Solo no me interrumpa grita acercándose peligrosamente. Te di una orden clara, sacarlos, no convertir mi cocina en un comedor de caridad. Los otros empleados del restaurante se asoman discretamente desde la puerta sin atreverse a intervenir.
Conocen el temperamento de su jefe. Alejandro se levanta de la caja donde estaba sentado, sus piernitas temblando, pero su mirada desafiante. “Señor, no se enoje con la señora. Nosotros nos vamos.” Exacto. “Lárguense todos.” Y tú, señala directamente a María. Estás despedida. El silencio que sigue es ensordecedor. Solo se escucha la lluvia golpeando las ventanas y los soyosos ahogados de Sofía. “Entiendo”, dice María con una calma que la sorprende a ella misma. Se quita el delantal lentamente, como si fuera un ritual.
15 años trabajando aquí, continúa doblando cuidadosamente el delantal. 15 años sin faltar un solo día, sin llegar tarde, sin quejarme de los horarios extra. Don Ricardo no esperaba esta reacción, esperaba súplicas, lágrimas, desesperación. Y sabes qué, don Ricardo, no me arrepiento. Si tuviera que elegir mil veces entre mi trabajo y ayudar a estos niños, elegiría a los niños las mil veces. Deposita el delantal sobre el mostrador y se acerca a Alejandro y Sofía. Vengan, pequeños, terminemos de comer en otro lugar.
Pero mientras recoge los platos, algo extraordinario sucede. Los otros empleados, uno por uno, comienzan a quitarse también sus delantales. Carmen, la cocinera de 60 años, es la primera. Si María se va, yo también. Luego Roberto, el mesero joven. Después Ana, la cajera. En 5 minutos, don Ricardo se queda completamente solo en su restaurante, viendo como su personal completo abandona el lugar por solidaridad con María. La lluvia ha disminuido a una llovisna constante cuando María y los niños salen del restaurante.
Los otros empleados se han dispersado, cada uno enfrentando su propia incertidumbre laboral. María camina en silencio, cargando a Sofía en sus brazos. La niña se ha quedado dormida, agotada por las emociones y finalmente con el estómago lleno. Alejandro camina a su lado aferrando su mano con fuerza. “Señora, dice el niño con voz temblorosa, siento mucho que perdiera su trabajo por nosotros.” María se detiene bajo la luz tenue de una farola. Se agacha para quedar a la altura de Alejandro sin soltar a Sofía.
Escúchame bien, Alejandro”, le dice mirándolo directamente a los ojos. “Nunca jamás te sientas culpable por esto. ¿Me oyes?” El niño asiente, pero las lágrimas corren por sus mejillas. “Hay cosas más importantes que el trabajo,” continúa María. La bondad, la compasión, hacer lo correcto, eso vale más que cualquier sueldo. Caminan hasta una pequeña cafetería que permanece abierta las 24 horas. El dueño, un hombre mayor llamado don José, conoce a María del Barrio. “¿Qué hacen por aquí tan tarde?”, pregunta notando a los niños.
María le explica brevemente la situación. Don José, sin dudarlo, les ofrece una mesa cerca de la calefacción. pueden quedarse aquí hasta que pare completamente la lluvia. Dice, “Y tú, María, si necesitas trabajo, mi esposa y yo estamos buscando ayuda en el turno de madrugada.” Mientras los niños se calientan, María los observa detenidamente. A pesar de su situación desesperante, hay algo especial en ellos. Alejandro tiene una inteligencia madura en sus ojos y Sofía, incluso dormida, mantiene una expresión de dulzura que conmueve.
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