En su ficha de ingreso quedó registrado el número de matrícula 413 y su condición de mexicano. No era judío, gitano, homosexual ni antisocial. No encajaba en ninguna de las categorías que los nazis tenían marcadas para la eliminación sistemática. era un extranjero de un país que, aunque en guerra con Alemania, no representaba una amenaza ideológica para el nazismo. Y aquí comienza lo extraordinario de esta historia. Los guardias alemanes no sabían exactamente qué hacer con estos extraños prisioneros mexicanos.
Las órdenes respecto a ellos eran ambiguas. A diferencia de los soviéticos, que eran tratados con brutalidad extrema. o los judíos condenados al exterminio. Los mexicanos ocupaban un limbo dentro de la retorcida jerarquía nazi. Poco tiempo después, otro mexicano llega a Buchenwald. Juan del Pierro, de 28 años, formó parte de un grupo de 1583 hombres trasladados desde Conpiña el 27 de enero de 1944. Como Salazar también recibe el distintivo ambos mexicanos se convierten en una rareza dentro del campo, objeto de curiosidad incluso para los propios guardias.
Lo que sucedió a continuación desafía la lógica del terror nazi. Mientras otros prisioneros eran sometidos a trabajos extenuantes, experimentos médicos o ejecuciones arbitrarias, los mexicanos recibieron un trato relativamente privilegiado. La razón, una combinación de factores geopolíticos, precedentes diplomáticos y, curiosamente, cierta admiración alemana hacia México. Desde la Primera Guerra Mundial existía un respeto particular de Alemania hacia México. El famoso telegrama Simmerman de 1917, donde Alemania propuso una alianza con México contra Estados Unidos, revelaba la importancia estratégica que los alemanes otorgaban a nuestra nación.
Aunque México rechazó dicha propuesta, se mantuvo una relación diplomática cordial hasta 1941. Además, durante los años previos a la guerra, México había sido un importante proveedor de petróleo para Alemania, incluso tras la expropiación petrolera de 1938, cuando las empresas británicas y estadounidenses fueron nacionalizadas, Alemania continuó comprando petróleo mexicano, convirtiéndose en uno de nuestros principales socios comerciales, el comercio bilateral entre ambas naciones. se mantuvo hasta que el bloqueo británico lo hizo imposible y finalmente la declaración de guerra en 1942 puso fin formal a las relaciones.
Estos antecedentes hicieron que las autoridades nazis consideraran a los mexicanos como prisioneros especiales, una categoría raramente aplicada, reservada para individuos que podían ser útiles en futuras negociaciones diplomáticas o intercambios de prisioneros. En la práctica esto significaba raciones de comida ligeramente superiores, asignación a trabajos menos extenuantes y sobre todo protección contra las ejecuciones arbitrarias que eran comunes en los campos. Para los otros prisioneros, la M, en el triángulo de los mexicanos se convirtió en símbolo de un estatus privilegiado, incomprensible en el universo concentracionario.
Particularmente sorprendente, resultaba para los prisioneros soviéticos, quienes sufrían el trato más brutal. De los 5.7 millones de soviéticos capturados por los nazis, más de 3.3 millones murieron en cautiverio. Ver a un puñado de mexicanos recibir un trato comparativamente humano resultaba incomprensible. Algunos guardias, especialmente aquellos con formación académica, sentían curiosidad por estos exóticos prisioneros del otro lado del Atlántico. Las preguntas sobre México, su cultura y su historia eran frecuentes. En un perverso contraste, estos mismos guardias podían mantener conversaciones civilizadas con un mexicano por la mañana y participar en brutales ejecuciones por la tarde.
Salazar, aprovechando su posición relativamente privilegiada, comenzó a servir como intermediario y traductor para otros prisioneros hispanos, particularmente republicanos españoles, que habían huído tras la derrota en la guerra civil y ahora se encontraban atrapados en el infierno nazi. Esta función le otorgó cierta movilidad dentro del campo y acceso a información que compartía discretamente con sus compañeros. A finales de 1944, los rumores sobre el avance aliado comenzaron a filtrarse incluso en el hermético mundo de los campos. Los guardias nazis, conscientes de su inminente derrota, se volvieron más impredecibles.
Algunos intensificaron la brutalidad, otros comenzaron a buscar formas de demostrar que habían tratado humanamente a ciertos prisioneros. En este contexto, la presencia de prisioneros mexicanos se convirtió en un activo potencial. Si bien México había declarado la guerra a Alemania, su participación militar directa era limitada al escuadrón 2011, que operaba en el Pacífico contra Japón, no en Europa contra Alemania. Además, México mantenía relaciones diplomáticas con países neutrales como Suiza y España, que podrían servir como intermediarios en futuras negociaciones.
Mientras tanto, en el otro lado del mundo, las águilas aztecas del Escuadrón 2011 surcaban los cielos filipinos en sus Thunderbolts, descargando fuego y metralla sobre posiciones japonesas. Los contrastes no podían ser más dramáticos. Mientras unos mexicanos luchaban con orgullo bajo la bandera nacional, otros sobrevivían en silencio en los campos nazis con la M, en sus uniformes como única conexión con su patria lejana. El 11 de abril de 1945, unidades del tercer ejército de los Estados Unidos liberan Buckenwald.
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