Me llamaban todas las semanas, pero vivían lejos y Roberto se había convertido en el que se hacía cargo de los asuntos prácticos. Roberto, tus hermanos viven lejos, no ven la realidad día a día como nosotros. Además, piénsalo. También es por el bien de ellos. Cuando tu mamá muera, van a heredar por partes iguales, ¿verdad? Pero si para entonces hay que pagar años de residencia, gastos médicos, medicamentos especializados, la herencia se va a reducir muchísimo. No había pensado en eso.
Por eso estoy yo aquí, mi amor, para pensar en estas cosas. Si vendemos la casa ahora, podemos invertir el dinero, hacerlo crecer. Cuando llegue el momento de la herencia, tus hermanos van a recibir mucho más de lo que recibirían si dejamos que los gastos de cuidado se coman todo. Qué inteligente sonaba Marina. Qué bien planeado tenía todo. Incluso había pensado en mis otros hijos, en cómo beneficiarlos económicamente con mi desgracia. Por supuesto, no mencionó que mientras tanto ella y Roberto vivirían en una casa más grande, comprada con el dinero de la venta de la mía.
¿Y cuánto crees que podríamos sacar por la casa? Ay, Roberto, yo ya hice mis averiguaciones. Una casa similar en la cuadra de al lado se vendió el mes pasado en 350 millones de pesos. Pero la de tu mamá es más grande, tiene mejor ubicación y ese terreno, ese terreno vale oro. Yo creo que podríamos pedir 400 millones fácilmente. 400 millones de pesos. Eso valía mi casa, mi hogar, mi vida. Para Marina eran simplemente números, una oportunidad de negocio.
Para mí era todo lo que tenía en el mundo. ¿Ya averiguaste cuánto cuesta Villa Esperanza? Sí, claro. Son 2,illones y medio al mes. Todo incluido. Comida, servicio médico, actividades, lavandería, todo. Parece caro, pero piénsalo. Son 30 millones al año. Incluso si tu mamá vive 10 años más, serían 300 m000ones. Todavía nos quedarían 100 millones libres. 100 millones libres. Después de pagar mi prisión dorada durante 10 años, todavía les quedarían 100 millones de pesos para disfrutar. Qué generosa era Marina con mis propios bienes.
No sé, Marina, todo esto me parece muy calculado y tiene que ser calculado. Roberto, por favor, entiende. Yo no estoy pensando solo en nosotros, estoy pensando en toda la familia. Tu mamá va a estar mejor cuidada. Nosotros vamos a poder darles mejor vida a nuestros hijos. Tus hermanos van a heredar más dinero. Todo el mundo gana. Todo el mundo menos yo, pensé, pero aparentemente mi opinión no contaba en esta ecuación tan perfectamente calculada. Además, continuó Marina y su voz ahora sonaba más suave, más manipuladora.
Piénsalo desde el punto de vista emocional. Tu mamá está deprimida desde que murió tu papá. Está sola, triste, viviendo de recuerdos. En Villa Esperanza va a conocer gente nueva, va a tener actividades, va a tener una vida social. Va a ser como volver a nacer. volver a nacer. Qué expresión tan bonita para describir cómo me arrancarían de mi hogar y me meterían en una institución contra mi voluntad. Y si ella no quiere ir, al principio no va a querer.
Obvio, nadie quiere cambiar a su edad, pero nosotros la vamos a convencer poco a poco, le vamos a mostrar las ventajas, la vamos a llevar a conocer el lugar, le vamos a presentar a algunas personas que viven ahí y están felices. Y si definitivamente se niega, la pregunta quedó flotando en el aire por unos segundos. Escuché a Marina suspirar como si estuviera pensando en la mejor manera de responder. Roberto, mi amor, hay veces en la vida que uno tiene que tomar decisiones difíciles por las personas que ama.
Tu mamá ya no está en capacidad de ver lo que es mejor para ella. Está aferrada al pasado, negándose a aceptar su nueva realidad. Nosotros como su familia tenemos la responsabilidad de cuidarla, incluso si eso significa tomar decisiones que ella no entiende en el momento. Pero legalmente, legalmente no hay problema. Tú tienes el poder. Yo ya hablé con Leticia sobre cómo documentar los episodios de confusión y Villa Esperanza tiene toda la experiencia en recibir adultos mayores que al principio se resisten.
Es más común de lo que crees. Más común de lo que crees. Aparentemente mi situación no era única. Aparentemente había toda una industria montada alrededor de convencer a familias de que era por el bien de sus seres queridos mayores sacarlos de sus hogares y meterlos en instituciones. ¿Y cuándo harías todo esto? Mientras más pronto, mejor. Cada día que pasa es dinero que se pierde en valorización de la casa y tu mamá cada día está más aferrada a su rutina.
Yo digo que la semana entrante podemos empezar a mostrarle fotos de Villa Esperanza, contarle de las actividades, despertarle la curiosidad. No sé. Marina, Roberto, por favor, confía en mí. Yo ya he pensado en todo. Vamos a hacer esto con amor, con paciencia, pero también con firmeza. Al final tu mamá nos va a agradecer. Agradecer. Iba a agradecer que me robaran mi casa, que me arrancaran de mi vida, que me encerraran en una institución donde moriría rodeada de extraños en lugar de en el hogar donde había sido feliz.
Bueno, supongo que tienes razón. Por supuesto que tengo razón. Mira, ¿por qué no empezamos este fin de semana? Podemos ir a visitarla, llevar a los niños para que se distraiga y de paso le empezamos a meter la idea en la cabeza. Muy sutil, muy cariñoso. Está bien, perfecto. Y Roberto, no le menciones nada de la venta de la casa todavía. Sí. Es mejor que primero se acostumbre a la idea de la residencia, después hablamos del tema de la casa.
Okay. Te amo, mi amor. Eres el mejor marido del mundo. Tus hijos van a estar tan orgullosos cuando sean mayores y vean todo lo que hiciste por tu familia, todo lo que hizo por su familia. Robándole la casa a su propia madre. Escuché pasos acercándose al teléfono y finalmente el click que indicaba que la llamada había terminado. Me quedé ahí sentada con el auricular todavía en la mano, temblando como una hoja. Había escuchado todo, cada palabra, cada plan, cada justificación.
Mi hijo y mi nuera habían planeado mi futuro sin consultarme. Habían decidido qué era lo mejor para mí sin importarles mi opinión. Habían calculado hasta el último peso de lo que valían mis bienes y cómo se los iban a distribuir. Las lágrimas corrían por mi cara sin control. No eran solo lágrimas de tristeza, sino de una traición tan profunda que me dolía físicamente en el pecho. El hijo que yo había criado con tanto amor, al que le había dado todo, por quien habría dado mi vida sin pensarlo dos veces, estaba conspirando para robarme lo único que me quedaba en el mundo, mi hogar y mi libertad.
Me levanté del sillón donde había estado sentada durante la llamada y caminé hasta la ventana de la sala. Desde ahí podía ver el jardín que Fernando y yo habíamos plantado juntos. El limonero que daba sombra a la terraza, los rosales, que aunque ya no estaban tan cuidados como antes, todavía florecían cada primavera. Todo eso, según Marina, era un desperdicio, porque yo ya no podía mantenerlo como antes. Caminé hasta la cocina y me serví un vaso de agua.
Mis manos temblaban tanto que casi se me cae el vaso. En esa cocina había preparado miles de comidas para mi familia. Había celebrado cumpleaños, Navidades, graduaciones. En esa mesa, Roberto había hecho las tareas del colegio mientras yo cocinaba y le ayudaba con las matemáticas que se le dificultaban tanto. Subí hasta la recámara principal, la que había compartido con Fernando durante 40 años. Su ropa todavía estaba en el closet porque no había tenido el valor de donarla. Su lado de la cama todavía tenía su libro de crucigramas en la mesa de noche.
A veces en las mañanas, cuando despertaba, por un segundo olvidaba que se había ido y extendía la mano para tocarlo. Todo eso, toda mi vida, todos mis recuerdos iban a ser vendidos por 400 millones de pesos para que Marina y Roberto pudieran comprarse una casa más grande e irse de vacaciones a Europa. Me senté en mi cama y lloré como no había llorado desde el funeral de Fernando. Pero a medida que pasaban las horas y las lágrimas se secaban, algo más fuerte empezó a crecer dentro de mí.
No era solo tristeza lo que sentía, era rabia, una rabia profunda, ancestral, de mujer que ha trabajado toda su vida y que no estaba dispuesta a que la trataran como una inválida mental. Roberto había subestimado a su madre. Los dos habían subestimado a Elena García, viuda de Rodríguez. Durante 75 años, yo había enfrentado todo lo que la vida me había puesto enfrente. La muerte de mis padres cuando era joven, la crianza de tres hijos mientras trabajaba medio tiempo para ayudar a la economía familiar, la enfermedad de Fernando y su larga agonía, la soledad después de su muerte.
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