Moja córka ZEPCHNĘŁA nas z klifu... Wpadliśmy w pustkę. Gdy otworzyłam oczy, mój mąż wyszeptał: "Nie ruszaj się... udawaj, że jesteś MARTWY" — a to, co wydarzyło się potem, sprawiło, że krew mi zamarzła w żyłach...

Llegó la tarde del jueves con una mochila nueva y esa sonrisa tranquila que ahora parecía la máscara de un sociópata. “Ana querida”, dijo abrazándome con esos brazos que pronto me empujarían a la muerte. Compré algunos suministros para nuestra aventura en el Mirador. Agua, frutas, sándwiches, todo lo que necesitaremos para el picnic. me mostró el contenido de la mochila como si fuera un niño emocionado, pero yo solo podía pensar en cómo cada uno de esos artículos podría ser usado para encubrir nuestro asesinato.

“También traje mi nueva cámara”, añadió exhibiendo una cámara digital cara. “Quiero capturar cada momento de este día especial. Serán fotos que guardaremos para siempre. ” La ironía de sus palabras medio náuseas. La única foto que él tomaría sería de nuestros cuerpos rotos en el fondo de algún barranco, si es que alguien nos encontraba. Alejandra apareció cargando equipo de senderismo de aspecto nuevo. “Papá”, le dijo a Jorge con entusiasmo fingido. “compré todo el equipo necesario para una caminata segura.

Cuerdas, linternas, kit de primeros auxilios.” Cada palabra que salía de su boca sonaba como una burla cruel. Equipo de seguridad para planear nuestros asesinatos. La perversidad de la situación me mareó. ¿No es un poco peligroso para personas de nuestra edad?, pregunté intentando sonar casual mientras buscaba cualquier excusa para cancelar el viaje. Alejandra acarició mi mejilla con esa falsa ternura que me revolvía el estómago. “Es por eso que elegimos un sendero muy fácil y seguro,” aseguró. Es una caminata que hasta los niños pueden hacer.

Además, Manuel y yo estaremos allí para cuidar de ustedes en todo momento. Sí, estarían allí para cuidar de nosotros hasta el momento exacto en que decidieran empujarnos de un acantilado. Esa noche, cuando finalmente se fueron, Jorge y yo nos sentamos en nuestro porche temblando, no solo por el frío de la noche, sino por el terror absoluto que habíamos contenido durante horas. “No podemos ir”, dije agarrando sus manos. ¿Vamos a inventar alguna excusa? Si no vamos, respondió Jorge con voz grave.

Encontrarán otra manera de matarnos. Tal vez algo que parezca aún más accidental, como un incendio en la casa o un asalto que salió mal. Al menos en el mirador sabemos lo que van a intentar hacer. Sus palabras tenían una lógica terrible, pero no me consolaban en lo más mínimo. Entonces, ¿qué sugieres?, pregunté. desesperada por encontrar alguna solución que salvara nuestras vidas. Jorge se quedó pensativo por unos minutos antes de responder. Vamos, pero estaremos preparados. Voy a esconder mi celular y configurarlo para que grabe todo lo que suceda.

Si logramos sobrevivir, tendremos pruebas. Y si no, su voz se quebró. Al menos alguien sabrá la verdad. El viernes por la noche apenas pudimos tocar nuestra cena. Sabíamos que podría ser nuestra última comida juntos en nuestra casa, en esa cocina donde habíamos compartido tantos momentos felices cuando éramos una familia de verdad. Jorge revisó su testamento una vez más, asegurándose de que si algo nos sucedía, al menos Alejandra no conseguiría todo sin que hubiera algún registro de nuestras sospechas.

Escribí una carta, confesó mostrándome un sobreellado. Está dirigida a tu hermana Sofía. En ella explico todo lo que sabemos sobre la muerte de Ricardo y lo que creemos que Alejandra planea hacernos. La escondí en la caja de seguridad del banco. Si no regresamos de este viaje, al menos ella sabrá dónde buscar la verdad. Esa noche nos fuimos a la cama abrazados, susurrándonos palabras de amor que podrían ser las últimas. “Si algo me sucede”, dijo Jorge, “quiero que sepas que estos 35 años contigo han sido los mejores de mi vida.

A pesar de todo, a pesar de los errores y los secretos, te amo más que a mi propia vida. Lloré en silencio, memorizando el ritmo de su respiración, el calor de su cuerpo, el olor de su piel. El sábado amaneció con un cielo azul que parecía burlarse de nuestra situación. Alejandra llegó temprano silvando una melodía alegre que me heló la sangre. “Buenos días, tortolitos”, gritó desde la puerta principal. ¿Listos para su gran aventura? Manuel apareció detrás de ella radiante como si fuera el día más feliz de su vida, excepto que este era un encuentro con la muerte.

Durante el desayuno que apenas pudimos comer, Alejandra explicó la ruta que haríamos en detalle. “Es un sendero hermoso”, dijo extendiendo un mapa en la mesa. “Lleva a un mirador donde pueden ver toda la bahía de Puerto Vallarta. Dicen que la vista es espectacular. Sus ojos brillaban con un entusiasmo que parecía demoníaco. Claro, las vistas serían espectaculares, serían las últimas que veríamos en nuestras vidas. “El sendero tiene algunas partes empinadas”, añadió Manuel como si nos estuviera dando información turística útil.

“Pero nada que excursionistas experimentados como ustedes no puedan manejar.” Su comentario sobre nuestras supuestas habilidades de senderismo sonó como una broma cruel. Éramos dos exagenarios que apenas caminábamos por la playa de vez en cuando. Mientras cargábamos el coche, vi a Alejandra revisando meticulosamente su mochila, asegurándose de que tenía todo lo que necesitaba para su plan. Vi cuerdas, una pequeña pala y algo que parecía una bengala. ¿Para qué es eso?, pregunté señalando la bengala. Para seguridad, respondió sin dudar.

Si nos perdemos o algo sale mal, podemos enviar una señal de socorro. Claro, enviarían una señal de socorro después de empujarnos de un acantilado para que nuestros cuerpos pudieran ser encontrados y se confirmara que fue un trágico accidente durante una caminata en familia. Todo calculado. Cada detalle había sido planeado para hacer que nuestros asesinatos parecieran perfectamente naturales. El viaje en coche a la Sierra Madre Oriental duró casi 3 horas que parecieron una eternidad. Manuel puso música animada y cantó junto con las canciones como si realmente estuviéramos yendo a un divertido paseo en familia.

Alejandra condujo con cuidado, obedeciendo todos los límites de velocidad, deteniéndose en cada señal de alto. No quería arriesgar un accidente que arruinara sus planes perfectos. Durante el viaje, Jorge discretamente tomó mi mano y activó la grabación en su teléfono. Todo lo que sucedió a partir de ese momento sería grabado. Si lográbamos sobrevivir, tendríamos pruebas. Si no, al menos la verdad no moriría con nosotros. Cuando finalmente llegamos al inicio del sendero, mi corazón latía tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho.

El lugar era hermoso, con árboles altos y el sonido de una cascada a lo lejos, pero para mí se había convertido en el escenario de mi propia ejecución. Alejandra y Manuel sacaron sus mochilas del coche, sonriendo y bromeando como si fuera el día más feliz de sus vidas. ¿Listos para la aventura?, preguntó Alejandra. Y por primera vez en 20 años vi el mismo brillo frío en sus ojos que debió tener la noche que Ricardo murió. El sendero comenzó relativamente fácil, serpenteando entre árboles frondosos y rocas cubiertas de musgo.

Manuel caminaba delante de nosotros constantemente tomando fotos y comentando sobre la belleza del paisaje. “Miren esas flores silvestres”, exclamó señalando arbustos llenos de flores moradas. Y esa formación rocosa, increíble. Su actuación era perfecta, la de un yerno amoroso disfrutando de un día especial con sus suegros. Alejandra caminaba detrás de nosotros, supuestamente para asegurarse de que no nos quedáramos atrás, pero yo podía sentir sus ojos en nuestra espalda como puñales. Cada vez que me daba la vuelta para mirarla, me sonreía con esa sonrisa que había perfeccionado a lo largo de 20 años de mentiras.

¿Cómo están mamá y papá? Preguntaba con falsa preocupación. ¿Necesitan parar y descansar? Después de una hora de caminata, comenzamos a subir una parte más empinada del sendero. Mis piernas ya estaban pesadas y Jorge estaba respirando con dificultad. No estábamos acostumbrados a este tipo de ejercicio y nuestros hijos asesinos lo sabían perfectamente. Habían elegido una ruta que nos agotaría físicamente, volviéndonos vulnerables para cuando llegara el momento de ejecutar el plan. Ya casi llegamos al mirador”, anunció Manuel con entusiasmo.

Aunque de acuerdo con el mapa que había visto en casa, todavía nos quedaba al menos media hora más de caminata, su mentira confirmó que no tenían intención de llegar al mirador oficial. El lugar donde planeaban matarnos debía estar mucho más cerca. Durante toda la caminata intenté memorizar cada detalle del sendero, cada árbol, cada roca que pudiera servir como referencia si lograba sobrevivir y necesitaba explicarle a la policía exactamente dónde había sucedido todo. Jorge hacía lo mismo y ocasionalmente intercambiábamos miradas cargadas de terror y determinación.

Sabíamos que estábamos caminando hacia nuestras muertes, pero también sabíamos que era nuestra única oportunidad de conseguir las pruebas que necesitábamos. Miren eso. Alejandra de repente gritó, señalando una formación rocosa que se destacaba a nuestra derecha. Ese acantilado tiene una vista increíble. Subamos allí para tomar algunas fotos especiales. Mi sangre se eló. Allí estaba el lugar que habían elegido para nuestro asesinato. El acantilado se alzaba unos 30 m sobre el sendero principal, accesible por un camino secundario que parecía mucho más peligroso que el que estábamos siguiendo.

Las rocas estaban sueltas. Había menos árboles a los que agarrarse en caso de tropezar y desde la cima se podía ver un precipicio que caía en un barranco profundo lleno de rocas afiladas. No sé si es una buena idea, dije intentando sonar casual. Ese sendero parece bastante peligroso para personas de nuestra edad, pero Manuel ya había comenzado a caminar hacia la bifurcación, cargando su mochila llena de equipo de seguridad que yo sabía que no usaría para salvarnos.

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