"Niech ludzie mówią to, czego nie czują. Nie jestem taki jak oni. Wszyscy tak mówią. Powietrze między nimi stało się napięte i w tej przestrzeni narodziło się coś nowego, obietnica i strach. Selim zrobił krok w jej stronę, ale jej nie dotknął. On tylko ściszył głos i powiedział: "Obiecuję ci, że cię nie skrzywdzę." I w tej chwili, bez dotyku, bez wypowiadania kolejnych słów, oboje zrozumieli, że coś się zaczyna, coś, czego ani moc, ani strach nie powstrzymają.
Pustynny wiatr wiał mocno, wzbijając kurz i ogień. Bochenki były przypieczone w piecu, a echo przysięgi zawisło w powietrzu niczym pieśń bez końca. Słońce zaczynało zachodzić za górami Yoremé, barwiąc niebo na kolor pomiędzy miedzianym a starym różem. Powietrze pachniało drewnem na opał, chlebem świeżo wyjętym z pieca i obietnicami, których wciąż nie wiedzieli, czy chcą spełnić. Ailin zamknęła drzwi swojego domu i oparła się o drewno, próbując złapać oddech.
To nie był dokładnie strach, to było coś bardziej mylącego, mieszanka ciekawości i drżenia. Nie od czasu, gdy ten mężczyzna, głębokoki nieznajomy, wypowiedział te słowa, jego serce nie biło już tak samo. "Obiecuję ci, że cię nie skrzywdzę." Brzmiały dla niego raz za razem, jakby były echem czegoś, czego nie rozumiał. Ale nie ufała obietnicam. Wiedział, że słowa mogą być słodkie, a rany wieczne. Tymczasem poza wioską sułtan Selim Arslan obserwował horyzont ze wzgórza.
El viento levantaba su capa verde y el polvo dorado se mezclaba con su respiración. El recuerdo de los ojos de Ailin lo perseguía con la misma fuerza con la que los truenos anuncian la lluvia. Había algo en ella que le resultaba diferente, casi sagrado. No temía su poder y eso lo desconcertaba. Por primera vez, el sultán más temido del reino se sentía pequeño. “¿Qué me pasa?”, murmuró acariciando el colgante que llevaba sobre el pecho ese viejo medallón dorado con el retrato de su difunta esposa.
El metal estaba frío, pero su alma ardía. Se preguntó si el destino le estaba dando otra oportunidad o si era solo una ilusión nacida del cansancio. Pasaron los días, el caballo del sultán seguía detenido junto al pozo de la aldea. Nadie sabía quién era realmente ese viajero que cada tarde se sentaba bajo el mismo olivo esperando verla pasar. Ailen fingía no notarlo, pero su respiración cambiaba cada vez que sentía su mirada sobre ella. Una tarde, mientras llevaba un cántaro de agua, tropezó con una piedra y el agua se derramó sobre su vestido.
Selim se acercó rápidamente. “Déjame ayudarte”, dijo tendiendo la mano. “No”, respondió ella firme. “No hace falta.” Se agachó para recoger el cántaro, pero el suelo estaba húmedo y sus dedos temblaban. Él se inclinó también y sus manos se rozaron apenas. Ese contacto mínimo bastó para que el aire cambiara de temperatura. El silencio se volvió pesado, casi eléctrico. “¿Por qué te asustas de mí?”, preguntó él con voz suave. “No me asusto,” susurró ella. “Entonces, ¿por qué tiemblas?” “Porque así yo no quiero.” Selim bajó la mirada.
comprendió lo que esas palabras significaban. Ailen no rechazaba su presencia, sino su manera, esa forma en la que los hombres poderosos miraban como si el mundo les perteneciera. Y en ese instante, el sultán aprendió algo que nunca había entendido. La fuerza también podía ser ternura. Esa noche el viento sopló frío, el cielo estaba cubierto de nubes y el sonido del fuego llenaba la aldea con una calma inusual. Selim permaneció fuera sentado junto al pozo, observando la ventana encendida de la casa de Ailin.
El brillo de la lámpara danzaba en el cristal como una promesa que no debía pronunciarse todavía. Dentro, Ailin tejía una manta. Cada puntada era un pensamiento, cada hilo una duda. ¿Por qué vuelve cada día? Se preguntaba en voz baja. ¿Qué busca un hombre así en un lugar como este? De pronto oyó un golpe en la puerta, un sonido leve, casi respetuoso. Ella dudó, respiró profundo y abrió. Selim estaba allí sin capa, sin escolta, solo un hombre bajo la lluvia leve de anochecer, el fuego de la chimenea iluminaba su rostro con una luz dorada y temblorosa.
“Vine a despedirme”, dijo él. “mañana regreso al palacio.” Ella asintió en silencio. No sabía si eso le daba alivio o tristeza. Él continuó. No sé qué hechizo pusiste en mí, Ailin. No soy un hombre de palabras vacías. No te pido nada. Solo quería verte una vez más. Ailin lo miró sin moverse. El fuego reflejaba su rostro y sus ojos, oscuros y cansados parecían buscar algo más que consuelo. Selim se acercó un paso, pero se detuvo antes de llegar a tocarla.
Esa distancia, ese silencio decía más que cualquier abrazo. Eres un hombre extraño susurró ella. Tal vez porque ya no soy solo un sultán, respondió. Soy un hombre que quiere creer otra vez. Sus miradas se encontraron. El sonido del fuego crepitando llenó el espacio donde las palabras ya no alcanzaban. Y cuando Selim se retiró dejando atrás el eco de sus pasos, Ailin sintió algo que no sabía nombrar, una mezcla de alivio y de pérdida. Aferró la manta que tejía y cerró los ojos.
Por primera vez en años tembló no de miedo, sino de emoción. Afuera, el viento sopló sobre la colina y apagó las velas del camino. El desierto dormía, pero el corazón de Ailin y el del sultán ya estaban despiertos. El destino acababa de mover su primera pieza. El amanecer llegó envuelto en un velo de neblina. El desierto todavía dormía y el eco de los rezos matutinos se mezclaba con el canto de los pájaros que despertaban entre los cipreses.
El sultán Selí Marslan cabalgaba en silencio hacia el palacio de Toprac, su hogar y su prisión. El viento levantaba el polvo del camino, dejando tras él un rastro dorado. Cada golpe del casco del caballo resonaba como una campanada del destino. El sultán no hablaba, pero en su mente solo había una imagen. Ain, la joven del pueblo. Su voz, su mirada, su valentía era una presencia que no podía borrar, aunque el poder lo llamara de vuelta. Cuando las murallas del palacio aparecieron en el horizonte, el aire cambió.
El perfume de los jazmines se mezcló con el incienso que ardía en las torres. Los sirvientes corrieron a abrir las puertas, inclinándose al verlo pasar. Los mármoles brillaban, los espejos relucían y las fuentes cantaban con el agua recién bendecida. Pero dentro de esa belleza, Selim solo veía vacío. La corte lo recibió con respeto, pero sin alma. Consejeros, soldados, cortesanas, todos hablaban, todos fingían. El poder era un teatro y él el actor principal. Pero esa tarde, por primera vez, el sultán no quería actuar.
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