En el otro extremo del reino, Ailin miraba el horizonte desde la colina de su aldea. El sol del mediodía caía sobre su piel y el viento jugaba con su cabello. Desde que el forastero se marchó, el silencio del pueblo se sentía distinto, más pesado, más hueco. A veces creía escuchar su voz entre el viento. A veces soñaba con su mirada, esa mezcla de tristeza y calma. Pero Ailin era una mujer práctica. Sabía que los sueños no daban pan ni agua.
Aún así, cuando un mensajero del palacio llegó con un caballo blanco y una carta sellada en oro, el corazón se le detuvo. El sello era del sultán. Dentro una sola línea escrita con una caligrafía firme. Ven a Toprac. No como sirvienta, sino como invitada. Selim. Ain cerró los ojos. Su respiración tembló entre la duda y el presentimiento. Sabía que aquel viaje podía cambiar su vida o destruirla. El camino al palacio fue largo. Atravesó valles cubiertos de amapolas, pueblos donde los niños la saludaban sin saber quién era y montañas donde el aire olía a nieve.
Cada paso del caballo resonaba como una pregunta. ¿Qué quería de ella un sultán? ¿Y por qué su voz, esa voz grave y suave a la vez, no la dejaba en paz? Al caer la tarde, vio las murallas del palacio. Eran altas, doradas por el sol y custodiadas por estatuas de leones talladas en piedra blanca. Ailin sintió que su pecho se apretaba. No era miedo, era la sensación de entrar en otro mundo. Las puertas se abrieron con un sonido profundo y los sirvientes la recibieron con respeto.
Su ropa humilde contrastaba con el lujo del lugar. Los pasillos estaban cubiertos de alfombras persas, los muros adornados con caligrafías doradas y lámparas encendidas que lanzaban reflejos como estrellas. El aire olía a sándalo, a miel y a secretos. Una doncella la guió hasta una habitación con cortinas de seda y una fuente de agua clara. “El sultán la verá al caer la noche”, dijo la mujer haciendo una reverencia. Ailin miró alrededor, el mármol frío bajo sus pies, el sonido del agua cayendo, todo era hermoso, pero ajeno.
Se sentó en el borde de la cama y respiró hondo. Por primera vez sintió miedo, no del hombre, sino del destino. Cuando el sol se ocultó, el palacio se transformó. Miles de lámparas de aceite encendieron la noche con una luz dorada. El sonido del laúd y los suspiros del viento llenaban los corredores. Ain caminó detrás de la doncella hasta una gran sala abierta al jardín. El cielo estaba cubierto de estrellas y en el centro, junto a una fuente iluminada, Selim la esperaba.
Llevaba una túnica de terciopelo oscuro y el medallón dorado brillaba sobre su pecho. Al verla, sonríó con calma. No imaginé que vendrías”, dijo él. “Ni yo imaginé que aceptaría,”, respondió ella. “No te he traído para que me temas”, añadió Selim. “Quiero mostrarte algo que solo los muros de este palacio entienden.” Caminaron en silencio por el jardín interior. Los jazmines estaban en flor y el aire era tan suave que parecía un suspiro. Ailin se detuvo ante un espejo de agua.
En su reflejo vio dos figuras distintas, una vestida de poder y otra de sencillez, y sin embargo, juntas. ¿Por qué me llamaste? Preguntó ella finalmente. Celine bajo la mirada. Porque cuando me miras, Ailin, recuerdo quién fui antes del trono. Y porque cuando hablas, el ruido del mundo se apaga. El silencio se hizo profundo, las estrellas parecían escuchar. Ailin lo observó y por primera vez su gesto se suavizó. Pero antes de que pudiera responder, una ráfaga de viento sopló moviendo las lámparas.
El medallón del sultán brilló y un destello de dolor cruzó sus ojos. Ella lo notó y aunque no sabía por qué, supo que ese objeto guardaba un secreto. La noche se había vuelto más fría sobre Toprac. Las antorchas del jardín se apagaban una a una y solo quedaba el sonido constante del agua cayendo en la fuente central. El palacio dormía, pero dos almas seguían despiertas, Selim y Ailin. Ambos permanecían en el jardín interior, bajo un cielo tan claro que las estrellas parecían lámparas suspendidas por los dioses.
El viento movía las cortinas de seda y la llama de una linterna cercana temblaba proyectando sombras doradas sobre los rostros de ambos. Selim miraba el suelo en silencio. Parecía un hombre dividido entre dos mundos, el del trono y el del corazón. Ailin, de pie frente a él, no sabía si debía quedarse o marcharse. El aire entre los dos tenía peso, como si algo invisible quisiera decirse. “No es fácil ser quien todos temen”, dijo finalmente el sultán con voz baja.
“El miedo no siempre da respeto”, respondió Ailin. A veces solo deja soledad. Selim la miró. Por primera vez alguien había dicho esa palabra frente a él. soledad y no como una ofensa, sino como un espejo. Dentro del palacio, el eco de los pasos de los guardias se perdía en los pasillos. Ailin siguió a Selim hasta una gran sala donde ardía una chimenea. El fuego crepitaba, llenando el silencio con su propio lenguaje. Las paredes estaban cubiertas de tapices antiguos y sobre una mesa descansaban varios objetos, un laud, un libro abierto y un medallón dorado.
Selim se acercó al fuego. Sus manos, grandes y firmes, temblaron apenas. El reflejo de las llamas iluminó su rostro y Ailin notó que en su mirada había algo más que cansancio. Culpa. ¿Puedo preguntarte algo? Dijo ella con voz suave. Sí. ¿Por qué me llamaste aquí? El sultán respiró hondo. Porque no puedo seguir hablando con los muros respondió. En este palacio todos obedecen, pero nadie escucha. Y cuando tú hablas, Ailin, siento que el aire vuelve a ser verdadero.
Ailin no respondió. Sus ojos bajaron hacia el medallón que descansaba sobre la mesa. El metal brillaba con un tono cálido, casi humano. Ella extendió la mano sin tocarlo. “¿Puedo saber qué guarda ese medallón?”, preguntó. Selim se quedó quieto. Su respiración se volvió lenta, profunda. Luego tomó el medallón y lo sostuvo frente al fuego. El retrato de una mujer se reflejó en el metal. Una sonrisa detenida en el tiempo. “Era mi esposa”, susurró él. “Murió hace 5 años y desde entonces el palacio dejó de respirar.
Ailin lo observó en silencio. No había en su rostro compasión, sino algo más puro, comprensión. Selim siguió hablando como si las palabras hubieran estado esperando salir durante años. Dicen que los sultanes no aman, que solo gobiernan, que solo mandan, pero yo la amé debí. Y cuando ella se fue, sentí que el trono se volvió una jaula. Y ahora preguntó Ailin con voz baja. Ahora intento aprender a vivir sin miedo a sentir otra vez. El fuego crepitó con fuerza.
Dźwięk wypełnił przestrzeń między nimi. Przez chwilę cisza nie była pustką, lecz towarzystwem. Ailin podeszła do okna. Na zewnątrz ogród spał pod księżycem. Kwiaty jaśminu otwierały się powoli, jakby noc je obudziła. Myślała o kobietach z wioski, o złamanych obietnicach, o mężczyznach, którzy mówili bez uczucia i zastanawiała się, czy ten sułtan jest inny, czy po prostu potrafi to lepiej ukryć. "Nie wiem, czy mogę uwierzyć twoim słowom, Selim," powiedziała, nie patrząc na niego.
"Nie proszę cię, żebyś wierzył," odpowiedział. Proszę, nie uciekaj jeszcze. Ailin powoli się odwróciła. Ogień rozświetlił jej twarz i jego jednocześnie. Na moment moc zniknęła. Nie było tronów ani tytułów, tylko mężczyzna mówiący duszą i kobieta, która próbowała chronić swoją. Selim zrobił krok w jej stronę. Nie przyszedłem szukać zamiennika dla przeszłości. Przypomniałem sobie, że wciąż mam serce. Ailenin spojrzał na niego, nie odwracając wzroku.
Milczenie było długie, ale nie niezręczne. Ich spojrzenia się spotkały, a ogień zdawał się płonąć mocniej. Potem mruknęła: "Nie obiecuj tego, czego nie potrafisz dotrzymać. Obiecuję ci tylko jedno," powiedział. Nie zrobię tego, czego się boisz. Skinęła głową bez słów. Ogień wciąż płonął, a w odbiciu płomieni portret medalionu zdawał się uśmiechać. Może gdzieś kobieta z przeszłości obserwowała je, nie z zazdrością, lecz z spokojem. Tej nocy sułtan również nie spał.
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