POPROSIŁ MNIE O ROZWÓD W ŚWIĘTA. JEGO RODZINA KLASKAŁA AŻ POSMAKOWAŁA WŁASNEJ TRUCIZNY...

Lo siento, es que todo esto es demasiado. Mi familia me odia. Perdí la mitad de mis bienes y ahora esto, esto, repitió Sofía. Le llamas esto a nuestro hijo. No quise decir eso. Entonces, ¿qué quisiste decir, Ricardo? Él se dejó caer en el sofá. Beish. No lo sé, Sofía. Ya no sé nada. Ella se sentó junto a él, tomó su mano. Mira, sé que esta noche fue difícil, pero ya pasó. Ya eres libre. Ahora podemos estar juntos de verdad.

Podemos formar una familia. Ricardo la miró. vio su rostro bonito, su cabello castaño, sus ojos esperanzados y por primera vez en 8 meses no sintió amor, sintió cansancio. Tres días después de Nochebuena, Ricardo recibió la primera llamada del banco. Señor Mendoza, su cuenta compartida en Banorte ha sido congelada por orden judicial. Necesitamos que se presente en la sucursal para resolver el asunto. Colgó sin responder. La segunda llamada llegó una hora después. Era su jefe en la constructora donde trabajaba como supervisor de obra.

Ricardo, necesito hablar contigo. Hay rumores circulando. Tu suegro, perdón, tu exsegro trabaja con uno de nuestros clientes más importantes. Dice que eres poco confiable. Necesito que vengas a la oficina. Esa llamada tampoco la terminó de escuchar. La tercera fue de su madre. Hijo, tu padre y yo hemos decidido algo. No vas a venir a la casa hasta que soluciones este desastre. Tu abuela tampoco quiere verte. Lo siento, pero así son las cosas. Esa sí la escuchó completa.

Luego se quedó sentado en el sillón del departamento de Sofía, mirando la pared blanca sin ver nada. Sofía salió de la recámara envuelta en una bata rosa. ¿Quién llamó? Mi madre. No quieren verme. Ella suspiró y se sentó junto a él. Ya van a perdonarte. Solo necesitan tiempo. No conoces a mi abuela. Cuando ella decide algo, es para siempre. Sofía puso una mano sobre su vientre todavía plano. Pues entonces nos enfocamos en nosotros, en nuestra familia. Ricardo no respondió.

Mientras tanto, en el despacho de la licenciada Valeria Montes en la Avenida Américas, Camila firmaba más documentos. Estos son los papeles para la transferencia de la propiedad, explicaba Valeria señalando con su pluma Montblanc. Ricardo tiene hasta el 31 de enero para depositarte tu parte. Si no lo hace, procedemos con el embargo. ¿Y si no tiene el dinero? Preguntó Camila. Entonces vendemos el departamento completo. La ley te protege, Camila. No te preocupes. Valeria cerró la carpeta y se reclinó en su silla de cuero.

Ahora hablemos de ti. ¿Dónde estás viviendo? en un hotel por ahora, el Cervantes. No puedes quedarte ahí para siempre. Tienes familia en Guadalajara. Camila negó con la cabeza. Mi mamá vive en Morelia. Mi papá murió hace 6 años. Tengo una hermana en Monterrey, pero no somos muy cercanas. Amigas. Camila soltó una risa amarga. Mi mejor amiga era Sofía. Ya sabes cómo terminó eso. Las demás todas eran amigas de la familia Mendoza. Cuando Ricardo empezó a hablar mal de mí, ellas me dejaron de llamar.

Valeria asintió con comprensión. Es común, las esposas traicionadas muchas veces pierden no solo al marido, sino su círculo social completo. Sacó una tarjeta de su escritorio. Mira, tengo una amiga que renta departamentos amueblados. Buenos precios, buenas zonas. Te voy a conectar con ella. Mientras tanto, este es el número de una psicóloga. Se llama Daniela Ruiz. Es excelente. No necesito terapia, dijo Camila rápidamente. Camila. Valeria se inclinó hacia adelante. He manejado 200 divorcios en mi carrera y te voy a decir algo.

Las mujeres que salen adelante más rápido son las que aceptan ayuda. Hiciste lo más difícil que fue enfrentarlo. Ahora viene la parte de sanar. Camila tomó la tarjeta sin decir nada. Una semana después, el 28 de diciembre, Ricardo finalmente reunió el valor para ir al banco. La ejecutiva que lo atendió, una mujer de unos 40 años con lentes rectangulares, revisó su pantalla con expresión seria. “Señor Mendoza, su cuenta compartida tiene un saldo de 183,500 pesos. Según la orden judicial, 91,750 deben ser transferidos a la cuenta de la señora Camila Herrera.

Y mis tarjetas de crédito también congeladas hasta que se resuelva la división de deudas. ¿Cómo voy a pagar mis gastos? La ejecutiva lo miró por encima de sus lentes. Debió pensar en eso antes, señor Mendoza. Salió del banco sintiendo que las paredes se cerraban sobre él. tenía 3,000 pesos en efectivo. Su sueldo llegaría hasta el 5 de enero y necesitaba pagar la renta del departamento de Sofía, gasolina, comida y juntar 1,400,000 pesos en un mes. Imposible. Manejó hasta la obra donde trabajaba, un edificio de oficinas en construcción en la avenida Patria.

Sus compañeros lo saludaron con incomodidad. Algunos ni siquiera lo miraron. El ingeniero jefe don Rodrigo Zamora lo llamó a su oficina temporal. Siéntate, Ricardo. Don Rodrigo, yo sé que han circulado rumores. No son rumores. El ingeniero abrió una carpeta. Tu exsuegro, el señor Herrera, llamó personalmente al dueño de la constructora. Le contó todo. El dueño es amigo suyo desde hace 20 años. Ricardo sintió que el piso desaparecía bajo sus pies. ¿Me van a despedir? No, pero te voy a ser honesto, tu reputación está dañada, los clientes hablan, las secretarias chismean y en esta industria la reputación lo es todo.

Don Rodrigo cerró la carpeta. Te voy a dar un consejo de viejo. Arregla tu desastre personal rápido, porque si esto sigue afectando el trabajo, no voy a poder protegerte. Esa noche Ricardo le contó todo a Sofía. Necesito dinero”, dijo la cabeza entre las manos. “Mucho dinero y no sé de dónde sacarlo. ¿Cuánto necesitas?” “Más de un millón de pesos.” Sofía palideció. “Ricardo, yo no tengo tanto. Trabajo en una boutique. Mi sueldo apenas me alcanza para este departamento.

Lo sé, no te estoy pidiendo a ti. Entonces voy a tener que vender mi coche y pedir un préstamo y tal vez empeñar algunas cosas.” Sofía se mordió el labio. Y si no juntas todo, entonces Camila se queda con el departamento completo, lo vende y yo pierdo todo. Se quedaron en silencio. El único sonido era el tráfico de la avenida afuera. ¿Te arrepientes?, preguntó Sofía en voz baja. ¿De qué? De todo. De nosotros. De dejar a Camila.

Ricardo la miró. Quiso decir que no. Quiso decir que ella valía la pena. Quiso decir que la amaba, pero las palabras no salieron y Sofía entendió el silencio. El 30 de diciembre, Camila se mudó a un departamento pequeño en la colonia americana. Un solo dormitorio, cocina integral, baño completo. Noveno piso con vista a la ciudad. La amiga de Valeria le dio un buen precio, 6,000 pesos al mes. Mientras desempacaba las pocas cosas que había sacado del departamento compartido, sonó su teléfono.

Número desconocido. Bueno, Camila era una voz de mujer temblorosa. Soy Sofía. Camila sintió que el estómago se le revolvía. Casi colgó, pero algo la detuvo. ¿Qué quieres? Necesito hablar contigo, por favor, solo 10 minutos. No tenemos nada de que hablar. Camila, por favor, es importante. Hubo algo en la desesperación de su voz que hizo que Camila aceptara. Está bien. Café Libertad en la Avenida México a las 5 de la tarde y si llegas tarde me voy. Ahí estaré.

Gracias. Camila llegó al café 15 minutos antes. Escogió una mesa en la esquina de espaldas a la ventana con vista a la entrada. Pidió un café americano y esperó. Sofía llegó exactamente a las 5. Se veía más delgada, ojeras oscuras, el cabello recogido en una cola de caballo despeinada. Se sentó sin pedir permiso. Gracias por venir. Camila no respondió, solo la miró con ojos fríos. Yo no sé por dónde empezar”, dijo Sofía retorciendo las manos sobre la mesa.

“Empieza por el principio. ¿Por qué te acostaste con mi esposo?” Sofía cerró los ojos. Fue en abril. Yo había terminado con mi novio. Estaba triste. Ricardo me invitó a tomar unos tragos. Fuimos salvar la Madeleine. Tomamos de más. Una cosa llevó a la otra. No quiero excusas. Quiero saber por qué. Sofía abrió los ojos. Estaban llenos de lágrimas. Porque siempre lo quise. Desde antes de que ustedes se casaran, cuando tú me lo presentaste en la universidad, yo sentí algo, pero él te escogió a ti.

Camila apretó su taza de café. Así que esperaste, esperaste 5 años para destruir mi matrimonio. No fue así. Entonces, ¿cómo fue, Sofía? Ilumíname. Yo intenté alejarme de verdad, pero él seguía buscándome. Decía que contigo ya no era feliz, que se sentía atrapado, que yo lo entendía mejor. ¿Y tú le creíste? Sí, le creí porque yo quería creerle. Camila soltó una risa seca. ¿Sabes qué es lo más triste? Que yo te consideraba mi hermana. Te conté todos mis secretos, te presenté a mi familia, fuiste la madrina de mi boda.

Y todo ese tiempo tú querías lo que era mío. Sofía sollyosaba ahora, las lágrimas corriendo libremente. Lo siento, de verdad, lo siento. No me importa tu perdón, dijo Camila, su voz dura como piedra. ¿Para qué querías verme? Sofía respiró profundo. Estoy embarazada de Ricardo y él él no quiere este bebé, no quiere estar conmigo, se arrepiente de todo. Camila sintió una mezcla extraña de satisfacción y tristeza. ¿Y qué quieres que haga yo con esa información? Nada. Solo necesitaba que alguien lo supiera.

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