POPROSIŁ MNIE O ROZWÓD W ŚWIĘTA. JEGO RODZINA KLASKAŁA AŻ POSMAKOWAŁA WŁASNEJ TRUCIZNY...

Necesitaba decírtelo a ti. ¿Por qué a mí? Porque fuiste mi mejor amiga. Porque a pesar de todo lo que hice, todavía confío en ti más que en nadie. Camila se levantó, dejó un billete de 50 pesos sobre la mesa. Sofía, lo que pase entre tú y Ricardo ya no es mi problema. Yo seguiré con mi vida. Tú seguirás con la tuya y ojalá ese bebé tenga mejor suerte que nosotras. Caminó hacia la salida. Camila se detuvo, pero no se giró.

Perdóname”, suplicó Sofía. “Algún día, por favor, perdóname. ” Camila giró la cabeza apenas, tal vez en otra vida, y salió del café sin mirar atrás. El 5 de enero llegó el aguinaldo de Ricardo, 23,000 pesos, apenas suficiente para cubrir dos semanas de gastos básicos. Esa misma tarde puso en venta su Nissan Versa. Lo publicó en Marketplace a 190,000 pes, 20,000 menos del valor real. Necesitaba vender rápido. Las llamadas empezaron a llegar. La mayoría eran regateos. Te doy 140.

160 y es mi última oferta. ¿Aceptas 150 y me lo llevo hoy? Ricardo rechazó todas. Necesitaba al menos 180,000. Al tercer día, un comprador serio apareció. Un señor de unos 60 años, dueño de una ferretería en Tonalá. 175,000. Efectivo, pero quiero que un mecánico lo revise primero. Ricardo aceptó. El mecánico encontró problemas menores. Pastillas de freno gastadas, aceite vencido, una llanta con poco dibujo. El comprador bajó su oferta. 165,000. Última oferta. Ricardo apretó los dientes y aceptó.

Tres días después, el 9 de enero, entregó el coche. Recibió el dinero en billetes de 500 y 1000 pesos. Los contó dos veces, 165,000 exactos. Ahora le faltaban más de 1,200,000 pesos y solo 20 días. Esa noche Ricardo llegó al departamento de Sofía sin coche. Había tomado el camión de la ruta 600, 2 horas de trayecto que normalmente hacía en 30 minutos. Sofía lo esperaba con la cena preparada. Enchiladas verdes, arroz rojo, frijoles refritos. El olor llenaba el departamento pequeño.

¿Vendiste el coche?, preguntó ella. Sí, pero no fue suficiente. ¿Cuánto te dieron? 165,000. Sofía dejó el plato que estaba sirviendo. Y ahora voy a pedir un préstamo y a vender otras cosas. ¿Qué otras cosas? Ricardo miró alrededor. No tenía muchas posesiones. Su ropa, algunos relojes, una laptop de hace 3 años, herramientas de trabajo. No lo sé todavía. cenaron en silencio. Las enchiladas estaban buenas, pero Ricardo apenas probó bocado. “Fui al doctor hoy”, dijo Sofía de repente. “Y todo va bien, ya son 8 semanas.

Me dio vitaminas prenatales.” Ricardo asintió sin mirar. “¿No vas a preguntar nada más?” “¿Qué quieres que pregunte, Sofía?” “No sé si es niño o niña. ¿Cuándo nacerá? Algo todavía es muy pronto para saber eso, pero podrías al menos fingir que te importa. Ricardo dejó el tenedor sobre el plato con un golpe seco. Sofía, estoy a 20 días de perderlo todo. Mi trabajo está en riesgo. Mi familia no me habla. Tengo que conseguir más de un millón de pesos.

Perdóname si no puedo emocionarme por el embarazo en este momento. Ella se levantó de la mesa con los ojos llorosos. Yo tampoco pedí esto, Ricardo. Yo tampoco pedí quedar embarazada, pero aquí estamos. Se encerró en la recámara y no salió en toda la noche. Mientras tanto, Camila había empezado en un nuevo trabajo, una agencia de publicidad en la avenida Chapultepec llamada Creativa MX. Su jefa, una mujer de 38 años llamada Patricia Villarreal, la había contratado como coordinadora de cuentas.

Vi tu currículum”, le dijo Patricia en la entrevista. “5 años en una agencia de eventos. Buenas referencias. ¿Por qué cambiaste?” Camila había preparado la respuesta. Cambios personales. Necesitaba un nuevo comienzo. Patricia asintió con comprensión. No preguntó más. El ambiente en Creativa MX era completamente diferente. Joven, dinámico, sin drama familiar. Sus nuevos compañeros la recibieron con calidez. Nadie conocía su historia, nadie la juzgaba. Por primera vez en meses, Camila se sentía ligera. El 14 de enero, día de su cumpleaños número 32, Camila se regaló algo especial.

Cortó su cabello largo hasta los hombros. Un cambio drástico. El estilista en el salón de la Avenida México le hizo mechas color caramelo. Cuando se vio en el espejo, casi no se reconoció. “Te ves hermosa”, dijo el estilista acomodando los mechones con sus dedos. “¡Cómo nueva!” Y así se sentía nueva. Esa noche sus nuevas compañeras de trabajo la invitaron a cenar. Fueron al restaurante Y Latina, en la avenida Chapultepec. Pidieron tacos de camarón, ceviche, micheladas preparadas con clamato y chamoy.

“Brindemos por Camila,” dijo Mariana, la diseñadora gráfica, “por nuevos comienzos. Por nuevos comienzos, repitieron todas.” Camila sonrió, una sonrisa real, no forzada, y se dio cuenta de que era la primera vez en mucho tiempo que se sentía genuinamente feliz. Ricardo, en cambio, pasó ese mismo día en un banco diferente solicitando un préstamo personal. El ejecutivo, un joven de unos 25 años con corbata demasiado brillante, revisó su historial crediticio. “Su score es bueno, señor Mendoza, 750 puntos. Podríamos aprobarle hasta 400,000 pesos.

Necesito más. Lo máximo que podemos ofrecer sin garantía hipotecaria son 500,000. Pero las mensualidades serían altas, 20,000 pesos al mes durante 36 meses. Ricardo hizo los cálculos mentalmente con su sueldo de 35,000 pesos mensuales. Pagar 20,000 en préstamo lo dejaría con 15,000 para todo lo demás. Imposible. ¿Y con garantía hipotecaria? ¿Tiene alguna propiedad a su nombre? el departamento donde vivía, pero está en proceso de división conyugal. El ejecutivo negó con la cabeza. No podemos usar una propiedad en disputa legal.

Ricardo salió del banco sintiéndose derrotado. Esa tarde llamó a su padre. Era la primera vez que hablaban desde Nochebuena. Papá, silencio al otro lado. Papá, necesito ayuda. No tengo dinero para prestarte, Ricardo. No estoy pidiendo dinero. Solo necesito hablar con alguien. Don Arturo suspiró profundamente. Tu madre y yo hemos hablado mucho estos días y llegamos a una conclusión. Criamos a un hombre que pensamos conocer, pero el hombre que humilló a su esposa en Nochebuena, ese no es el hijo que criamos.

Papá, yo lo siento. Lo siento, no arregla nada. Lo siento, no regresa el tiempo. Lo siento, no borra el dolor que causaste. Entonces, ¿qué quieres que haga? Quiero que asumas las consecuencias. Quiero que pagues lo que debes. Quiero que seas hombre y no vuelvas a pedir ayuda para arreglar los desastres que tú mismo creaste, papá. Y cuando hayas solucionado esto, cuando le hayas dado a Camila lo que le corresponde, cuando hayas demostrado que todavía tienes algo de honor, entonces tal vez, solo tal vez, tu madre y yo consideraremos volver a hablarte.

La llamada terminó. Ricardo se quedó mirando su teléfono. En la pantalla apareció un mensaje de Sofía. Sofía, necesito dinero para las vitaminas prenatales. Son 1200 pesos. Él miró su saldo bancario. 4300 pesos hasta el próximo pago. Le transfirió los 100 sin responder el mensaje. El 20 de enero, a 11 días del plazo, Ricardo vendió su laptop en 800 pesos. Sus herramientas de trabajo en 3,000, su reloj Casio en 500, una televisión vieja en 100, total 5500 pesos.

Ridículo comparado con lo que necesitaba. Esa noche desesperado, llamó a su primo Javier. Primo Ricardo, qué sorpresa. Javier, necesito un favor enorme. Si es dinero, no puedo ayudarte. Solo escúchame. No, Ricardo, tú escúchame a mí. Toda la familia está molesta contigo. La abuela llora cada noche. Tu mamá dejó de ir a misa porque le da vergüenza que le pregunten por ti. Tu papá se la pasa callado, triste. Destruiste la paz de esta familia. Lo sé. Por eso estoy intentando arreglarlo.

Pues arréglo. Solo como mi padre siempre decía, el que siembra vientos cosecha tempestades. Y colgó. Ricardo se dejó caer en el sillón del departamento de Sofía. Afuera, la ciudad de Guadalajara seguía su ritmo nocturno. Coches pasando por la avenida, gente riendo en los restaurantes, vida normal, pero la suya se estaba desmoronando. El 25 de enero, a 6 días del plazo final, Ricardo recibió una llamada de la licenciada Valeria Montes. Señor Mendoza, soy la abogada de Camila Herrera.

Le recuerdo que el plazo vence el 31 de enero. Tiene el dinero. Estoy trabajando en ello, señor Mendoza. Trabajando en ello no es una respuesta válida. ¿Sí o no? Silencio. Eso pensé. Le sugiero que empiece a buscar opciones reales. Vender la propiedad completa. Por ejemplo, mi clienta ya tiene un comprador interesado que ofrece 2,900,000es. Si usted accede a vender, cada uno recibiría 1,450,000. Usted quedaría a mano con las deudas y tendría 50,000 extra. Pero ese departamento es mío, era suyo, ahora es de ambos.

Y si no cumple, será completamente de ella. La ley es clara. ¿Y dónde voy a vivir si vendo? Eso ya no es mi problema, señor Mendoza. Tiene hasta el 31. Buenos días. Colgó. Ricardo miró las paredes del departamento de Sofía. Apenas 30 m², una recámara pequeña, cocina integral diminuta, baño que apenas cabía una persona y allí vivirían los tres, él, Sofía y un bebé. si es que Sofía lo seguía queriendo para entonces. El 28 de enero, a tr días del plazo, Ricardo finalmente aceptó la realidad.

No tenía el dinero, no iba a conseguirlo. Tenía que vender el departamento. Llamó a la licenciada Valeria Montes. Acepto. Venderé la propiedad. Sabia decisión, señor Mendoza. El comprador ya tiene el financiamiento aprobado. Podemos firmar el día 30. Tan rápido. El comprador es un empresario serio. Paga de contado, ya revisó el inmueble. Solo falta que usted y la señora Herrera firmen ante notario. Está bien. Una cosa más. Necesitará desalojar completamente el departamento antes de la firma. El comprador quiere entrega inmediata.

Ricardo sintió un nudo en la garganta. Puedo sacar mis cosas. Todo lo que sea legalmente suyo, sí, pero le sugiero que coordine con mi clienta. Ella también tiene derecho a recoger lo que le pertenece. Esa tarde, Ricardo llegó al departamento de la colonia americana por primera vez en más de un mes. Usó su llave. La puerta se abrió con un chirrido. El lugar olía encerrado. Las cortinas estaban cerradas. Una capa de polvo cubría los muebles. La sala donde habían visto películas juntos.

El comedor donde cenaban los domingos, la recámara donde no quiso entrar a la recámara. Comenzó a empacar sus cosas, ropa, zapatos, documentos personales, algunos libros. Todo lo metió en cajas de cartón que había conseguido en un Oxo. Mientras guardaba una camisa, encontró una foto en el cajón del closet. Era del día de su boda. Camila lucía hermosa con su vestido blanco sencillo. Él sonreía con traje gris. Atrás la familia Mendoza completa. Tiempos más felices. Guardó la foto en su cartera.

Cuando terminó, miró el departamento vacío de sus pertenencias. Solo quedaban los muebles, los cuadros, las cosas de Camila y los recuerdos. cerró la puerta y dejó la llave sobre el buzón del edificio. Al día siguiente, 29 de enero, Camila también fue al departamento. La licenciada Valeria la acompañó. “Tómate tu tiempo”, le dijo la abogada. “Lleva todo lo que quieras. Lo que dejes se venderá con el departamento o se donará.” Camila entró despacio. El lugar se sentía diferente, vacío no solo de cosas, sino de vida.

Fue directo a la recámara. Las sábanas seguían en la cama, las mismas que había visto manchadas con la traición hacía 7 meses. Las arrancó con furia contenida, las metió en una bolsa de basura, luego abrió el closet. La ropa de Ricardo ya no estaba, solo quedaba la suya. Vestidos, blusas, pantalones que no usaba desde hacía meses, ropa de una Camila que ya no existía. Decidió llevar solo lo esencial. Lo demás lo donaría. En la sala encontró álbum de fotos, bodas, cumpleaños, viajes a Mazatlán y Guanajuato.

5co años documentados en papel fotográfico. Los ojeó rápidamente, luego los cerró y los dejó sobre la mesa. No necesitaba esos recuerdos. En la cocina vio el juego de ollas que le había regalado su suegra, el molcajete de piedra volcánica que habían comprado en Tlaquepque, las tazas de cerámica con sus iniciales. Dejó todo. Solo tomó una cosa, una planta de sábila en maceta verde que su madre le había dado cuando se casó. Esta planta te protegerá, le había dicho su mamá.

Mientras esté verde y fuerte, tú también lo estarás. La planta había sobrevivido 5 años. Las hojas seguían gruesas y verdes. Camila la cargó con cuidado. “Lista”, preguntó Valeria desde la puerta. “Sí, ya no hay nada más que quiera de aquí.” Salieron del departamento. Camila no miró atrás. El 30 de enero llegó nublado y frío. Una mañana rara para Guadalajara. A las 10 de la mañana, en la notaría pública número 87 en la avenida Hidalgo, se reunieron todos los involucrados.

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