Obraz wyglądał, czy to słowo coś ci mówi? Chciała wyjaśnić, że jej brat ma 9 lat i od tygodni nie jadł dobrej kolacji, a jego matka prawie nigdy nie nałożyła sobie talerza, by go dla nich zrobić. Ale za każdym razem, gdy otwierała usta przed Sergio, słowa zdawały się kurczyć. "Przepraszam," powiedział na końcu. "To się nie powtórzy." "Nie, oczywiście, że to się nie powtórzy," odpowiedział, podchodząc bliżej. Bo to ma konsekwencje. Sergio wziął tuper z jego rąk, otworzył go i wyrzucił zawartość do kosza.
Zapach mięsa i puree zmieszany ze starymi resztkami kawy uniósł się jak policzek. Lucía zacisnęła pięści. Ta kolacja to nie było tylko jedzenie. To były godziny chodzenia w zimnie, mówienia bratu, że wszystko się poprawi. Miała ochotę płakać, ale przełknęła łzy. Nie zamierzałem mu dać tej przyjemności. "Jutro przychodzisz godzinę wcześniej i wychodzisz godzinę później," dodał Sergio. Za darmo. Uważamy to za wewnętrzną sankcję i jesteśmy wdzięczni, że nie zwalniam was teraz.
"Ale ja już jestem na pełen etat." Bełkocze. "Jeśli ci się nie podoba, drzwi są tam. Na twoje stanowisko czeka 20 CV. Z góry Marcos słuchał wszystkiego. Każde słowo, bezpańskie psy, dodatkowa kara, upokorzenie. Zacisnął szczękę. To nie był pierwszy raz, gdy widziałem menedżera z zbyt dużą władzą, ale tutaj było coś innego. Śmieci, rodzina, sposób, w jaki Lucía nawet się nie broniła. Zszedł kilka stopni w dół, ale się zatrzymał. Lata pracy nauczyły go, by nie reagować gwałtownie, by najpierw obserwować.
Sin embargo, algo en su pecho le decía que estaba llegando al punto en que el silencio también lo convertiría en cómplice. Lucía respiró hondo. ¿Puedo al menos terminar de limpiar el salón? Preguntó con la voz rota. Claro, no quiero excusas mañana y ni se te ocurra tocar otra bandeja de sobras. Estamos. Ella asintió. Sergio se alejó, volvió a sacar el móvil y se puso a hablar con alguien riéndose como si acabara de contar un chiste. Mientras frotaba una mesa, Lucía notó un pequeño mareo.
No había comido nada desde las 5 de la tarde cuando se tragó un café con dos galletas que una compañera le había regalado. Miró el reloj. Casi la 1 de la mañana. Pensó en el metro, en llegar a casa, en la cara de su hermano al ver que no traía nada. El pecho se le apretó. Al terminar, apagó las últimas luces y fue a dejar el trapo y el delantal en la cocina. Al doblar la esquina del pasillo, escuchó una voz grave detrás de ella.
Un momento, por favor. Se giró sobresaltada. Era el hombre de la barba cuidada que había visto un par de veces, siempre acompañado de Sergio. Esa noche estaba solo, apoyado en la barandilla de la escalera. Perdón, ya iba de salida”, dijo ella. “¿Necesita algo?” El hombre la miró en silencio durante unos segundos, como si estuviera midiendo cada gesto. “¿Te llamas Lucía, verdad?” Ella asintió extrañada. “Sí, he visto lo que ha pasado con la comida”, añadió él despacio. “Y necesito que me digas la verdad.
¿Lo haces a menudo?” Lucía sintió un nudo en la garganta. No sabía si aquello era una trampa más o una oportunidad. Por primera vez en mucho tiempo, alguien le estaba preguntando por qué y no solo gritándole por lo que había hecho. Pero lo que ese hombre aún no le decía era quién era realmente y por qué lo que acababa de ver removía un recuerdo que él llevaba años intentando enterrar. Lucía dudó unos segundos antes de responder. No lo hago siempre, dijo finalmente.
Solo cuando cuando en casa no hay nada. El hombre sintió sin juicio en los ojos. Tienes familia a tu cargo? Mi hermano pequeño y mi madre, respondió bajando la mirada. Ella tiene problemas en la espalda y ya no puede trabajar como antes. Yo hago lo que puedo. Marco sintió un golpe de memoria que no esperaba. Su madre hace años fregando escaleras en un portal de lavapiés mientras él la esperaba sentado en los peldaños. Recordó noches enteras comiendo bocadillos de pan duro y tomate.
No había olvidado ese olor. No había olvidado esa sensación. Lucía, dijo él, Sergio, suele tratarte así. Ella tardó en responder como si confesara un pecado. Sí, a mí y a casi todos, pero él dice que si nos quejamos nos cambia por otros. Y no tengo a dónde ir. Marcos respiró hondo tratando de contener el impulso de bajar de golpe a la realidad. Entiendo respondió con calma, aunque por dentro hervía. Una última pregunta. ¿Alguien más sabe de tu situación en casa?
Lucía negó con la cabeza. Si lo supieran, pensarían que quiero lástima. Yo solo quiero trabajar. En ese momento, un ruido fuerte interrumpió su conversación. La puerta de la oficina se cerró de golpe. Sergio bajaba de nuevo, molesto, hablando por teléfono. Sí, mañana reviso los informes. No, ese proveedor es un inútil. Marcos hizo un gesto rápido a Lucía para que siguiera su camino, como si no hubieran hablado en absoluto. Ella obedeció pasando junto al gerente sin siquiera mirarlo.
Sergio, ni enterado, continuó con su llamada. Marco se quedó allí en el pasillo observando como Lucía recogía su mochila y se dirigía hacia la salida. La vio detenerse un segundo frente a la puerta, respirando hondo para que nadie notara que estaba a punto de llorar. Luego salió al frío de la madrugada. Marcos bajó al salón. El silencio era casi doloroso. Miró el tuper vacío en la basura, los restos aplastados entre papeles. Algo dentro de él se quebró.
Sergio terminó la llamada y se encontró con Marcos de frente. Marcos, no sabía que seguías aquí, dijo con una sonrisa tensa. Todo bien, ¿verdad? Ya tengo listos los números del mes. Quiero hablar contigo, respondió Marcos sin rastro de cordialidad. Ah, claro, claro. ¿Sobre qué? Marcos lo miró con una calma que daba más miedo que cualquier grito. Sobre cómo tratas a mi personal. Sergio parpadeó. Perdón, Lucía. Y no solo ella. He visto tu actitud toda la noche y escuché cada palabra.
Perros callejeros, sobras, sanciones. Así diriges un equipo. El gerente palideció al instante. Marcos, no es lo que parece. Yo solo mantengo el orden. Tú sabes cómo es este negocio. Yo sé, interrumpió él, que un restaurante es tan bueno como la gente que lo sostiene. Y tú estás rompiendo a los que más trabajan. Sergio intentó sonreír. La chica robó comida. No puedo permitir eso. Marcos dio un paso al frente. Si hubieras mirado un segundo más allá de tu ego, habrías visto por qué lo hacía.
El gerente tragó saliva. ¿Qué quieres que haga? ¿Que la deje llevarse las obras? Eso da mala imagen. Marcos lo miró largo, como si lo estuviera estudiando por primera vez. La mala imagen, dijo en voz baja, es verte a ti humillando a una persona hambrienta que sostiene tu restaurante cada noche. Sergio abrió la boca para responder, pero Marcos ya estaba caminando hacia la oficina. El gerente lo siguió nervioso. Antes de entrar, Marcos se detuvo un segundo y miró hacia la puerta por donde Lucía había salido minutos antes.
Afuera, aún llovía. mañana antes de que abra el restaurante”, dijo finalmente hablaré con ella y contigo también. Pero Sergio aún no sabía que esa conversación cambiaría su destino y que su poder dentro del restaurante estaba a punto de derrumbarse por completo. Al día siguiente, Lucía llegó al restaurante con los ojos hinchados por no dormir. Había salido del metro de lavapiés con el mismo frío que le calaba los huesos la noche anterior, pero esta vez también cargaba algo peor, miedo.
Sergio le había dicho que llegara una hora antes. No había desayunado, no había tenido dinero para comprar ni un café barato. Empujó la puerta trasera del restaurante y entró en silencio. El olor a café recién hecho y pan tostado, que solía reconfortarla, le revolvió el estómago. En la cocina, Sergio estaba con los brazos cruzados como si la hubiese estado esperando. “Llegas tarde”, dijo, aunque faltaban 10 minutos para la hora. Lucía tragó saliva. Son las 9:10. Cuando te sanciono, interrumpió, llegas cuando yo digo, no cuando el reloj dice.
Ella bajó la cabeza. No quería discutir, solo quería conservar el empleo. “Hoy vas a limpiar todo el almacén”, dijo Sergio. “Y cuando termines vienes a avisarme.” Lucía asintió y se dirigió al pasillo, pero al llegar al almacén se detuvo en seco. Alguien ya estaba allí. Marcos estaba de pie junto a las cajas de verduras, revisando un cuaderno y varios documentos del restaurante. Llevaba una chaqueta sencilla, el mismo rostro tranquilo de la noche anterior, pero esta vez había algo distinto en su mirada.
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