Me levanté, aboné la cuenta y salí. La lluvia había parado, pero las calles seguían mojadas, reluciendo con el brillo de las luces. De vuelta a casa, decidí que esa sería la última vez que reaccionaba a un detalle suyo, incluso en mi mente. No merecía tanto lugar en mis recuerdos. Esa noche arrojé las flores al basurero. Los pétalos estaban frescos todavía, como si se negaran a ajarse. Igual que las falsedades que me había dicho. Por primera vez no sentía ñoranza, solo un agotamiento hondo y una paz rara, la misma que surge cuando se acepta que algo concluyó de veras.
La mañana siguiente, a desechar las flores, me desperté más ligero, no alegre, no transformado, pero menos agobiado, como si al fin hubiera sellado una ventana por donde siempre entraba el frío. Llegué a la oficina minutos antes de lo usual. Aún no se oían las teclas ni los susurros del resto del grupo. Me serví un café en la cocinita y me senté ante la pantalla intentando chequear emails sin evocar a Vivian, a Leo, a mamá. Pero ahí estaba todo oculto en cada asunto del buzón como un virus que no se elimina fácilmente.
Fue entonces cuando la vi por primera vez. Una mujer de unos 25, tal vez 26 años, piel morena clara, cabello rizado, recogido en una cola alta, ojos grandes y expresivos, llevaba una carpeta llena de papeles y una mochila colgando de un hombro solo. Sonreía para sí como si llevara una melodía interna. se paró frente a mi escritorio. “¿Tú eres, Evan?” “Sí.” Sofía extendió la mano. Me asignaron al nuevo equipo de logística. Su apretón fue firme, cálido. No había nada provocador ni confuso.
Era directo, sincero. Le indiqué dónde estaba el puesto asignado. Durante el resto del día cruzamos frases breves. Me sorprendió lo natural que era charlar con ella. No necesitaba calibrar mis palabras ni decifrar significados ocultos. Cuando reía, lo hacía con todo el cuerpo, sin ese matiz reprimido y distante que me habitué a tolerar con Vivian. En el receso del almuerzo nos topamos en la cocina. Ella comía yogur y leía algo en su móvil. ¿Eres de aquí? Le pregunté.
No, de Córdoba, respondió sin dejar de sonreír. Me mudé hace poco. Necesitaba reiniciar. Escapando de alguien, se rió. No, todos lo hacemos. Me reí también por instinto, pero esa frase me quedó resonando. Durante los días siguientes empezamos a comer juntos, a veces en el comedor de la empresa, otras en una cafetería cercana. Hablábamos de temas simples, películas malas, clientes insoportables. El tiempo, con ella el tiempo se sentía distinto. No pasaba lento ni rápido, solo fluía. Una tarde al salir del trabajo me ofreció llevarme en su auto.
Era un coche viejo con una pegatina de “No me toques que me rompo.” En el vidrio trasero subí y el interior olía a menta y papel. “¿No te molesta si pongo música?” Tale. Puso una lista de canciones que iban desde jazz hasta Roca argentino de los 80. Cantaba bajito, sin preocuparse por entonar. De repente me di cuenta de que la observaba. No por deseo, era otra cosa. Me atraía su presencia plena. No necesitaba aprobación. No buscaba foco, solo existía y eso era lo más extraño y bello que había visto en años.
Me dejó frente a casa. Antes de bajar me miró con seriedad por primera vez. Evan, no sé qué cargas encima, pero cuando hablas a veces parece que temés que el mundo se derrumbe si respiras muy hondo. La miré sin saber qué decir. No te lo digo por mal, pero si alguna vez querés descargarte eso, no me molesta oírte. Asentí. Ella sonrió y luego agregó, “Mientras tanto, te presto mi playlist. Eso también alivia un poco.” Se fue. Me quedé ahí parado con el teléfono vibrando entre las manos.
Había compartido su lista conmigo. Abrí la app. La primera canción era Algo contigo de Charlie García. Reí solo. Era el tipo de detalle que no estaba habituado a recibir, uno que no ocultaba un propósito ni aguardaba una respuesta exacta. Esa noche no soñé con Vivian. Tampoco pensé en Leo, ni siquiera en mamá. Pensé en una playlist, un auto viejo y una mujer que sin intentarlo me había recordado que aún existía algo similar a la dulzura. Los días con Sofía se volvieron pequeños alientos.
Nada extraordinario había ocurrido entre nosotros, pero esa era justamente la diferencia. No había apuro, ni tensión oculta, ni ese juego tóxico de adivinar qué sentía el otro. Ella era una presencia constante, pero sin exigencia. Y sin embargo, como todo lo bueno en mi vida, duraba hasta que el pasado resolvía irrumpir. Una tarde, mientras salía de la oficina, recibí un mensaje inesperado de Vivian. Solo decía, “Necesito verte solo una vez, por favor.” Me quedé mirando la pantalla con una sensación rara.
No era enojo, no era melancolía, era una mezcla de curiosidad y cierre pendiente. Respondí, “Está bien, una vez decime dónde.” Me citó en un restaurante discreto lejos del centro. Lo conocía. Habíamos ido una vez cuando aún nos ocultábamos hasta de nosotros mismos. Fui puntual. Ella también llevaba un vestido beige, simple, sin maquillaje excesivo. Su cabello rubio estaba recogido en una trenza que le caía sobre el hombro. No parecía la bibian ejecutiva e inalcanzable de siempre. Parecía más humana o quizás solo más agotada.
“Gracias por venir”, dijo con voz suave. No es una cortesía, es solo que prefiero comprender las cosas antes de dejarlas atrás del todo. Se quedó en silencio con los dedos entrelazados sobre la mesa. El mesero trajo agua, pero ninguno pidió comida. No sé por dónde empezar, confesó bajando la mirada. ¿Por qué no empiezas por decirme si alguna vez fuiste honesta? Me miró. Sus ojos verdes no estaban fríos, estaban húmedos. Lo fui, pero no siempre al mismo tiempo.
¿Qué significa eso? Significa que te quise cuando podía y me escondí cuando no, que deseé tenerte cerca, pero no estaba lista para asumir lo que eso implicaba. Que tu madre, que el mundo, que yo misma. Suspiró. Me asustó lo que eras para mí porque eras alguien real. No eras una ilusión, Evan. No eras un capricho y por eso me costaba más dejarte entrar. Pero igual lo hiciste, igual me tuviste como un secreto, como una sombra. Ella asintió.
Fui cobarde y eso no se borra con flores ni con cartas. La observé por primera vez. No sentí que quería abrazarla ni insultarla. Solo la veía como alguien que había hecho lo que podía con las herramientas equivocadas. Y Leo, Leo apareció en un momento en que yo ya había perdido lo que tenía contigo. Nunca fue una rivalidad, solo fue más simple. Me reí sin gracia. Yo no era simple, claro. Yo te pedía cosas reales. Ella asintió. Sus ojos seguían húmedos.
Te juro que lo intenté, pero lo nuestro se volvió una caja de cristal, hermosa, pero imposible de tocar sin romperla. Nos quedamos en silencio. El restaurante estaba casi vacío. Afuera empezaba a llover. Las gotas golpeaban el ventanal con ritmo pausado, como si marcaran el fin de una escena largamente aguardada. Entonces, ¿por qué me llamaste? Pregunté. Porque no quiero que pienses que te usé. Porque no eres un error en mi vida, Evan. Fuiste lo más genuino que tuve.
Aunque no supe sostenerlo, me puse de pie. Ya no importa lo que pienses de mí, lo que importa es lo que yo pienso de mí mismo ahora. Ella bajó la mirada. ¿Podés perdonarme? La miré largo rato antes de responder. Sí, pero eso no significa que vuelva. Vi como algo se quebraba en su expresión. No una grieta dramática, solo un leve hundimiento en los ojos, en la boca, como cuando uno se da cuenta de que perdió algo que creyó tener asegurado.
Podeszłam i pocałowałam go w policzek. Trzymaj się, Vivian. Odszedłem od restauracji, nie oglądając się za siebie. Deszcz padał dalej, ale tym razem nie przeszkadzało mi przemoczenie, bo w końcu zrozumiałem, że jedynym sposobem na zamknięcie cyklu nie jest trzaskanie drzwiami, lecz szczere podziękowanie i do zobaczenia nigdy bez nienawiści. Wróciłem z restauracji pod uporczywym deszczem, takim jak nie przemoknięcie całkowicie, ale jest postrzegane jako lekki i ciągły klaps.
Szłam naprzód bez parasolki, ręce w kieszeniach, przeżywając na nowo każde zdanie wypowiedziane przez Vivian. Nie użądliłem. Tym razem nie było tak, że jego głos już mnie zajął. Kiedy wróciłem do domu, mama była w kuchni. Zrobiłem herbatę imbirową, taką, jaką robiłem, gdy byłem dzieckiem i miałem gorączkę. Para unosiła się w górę, wypełniając powietrze ciepłym aromatem. Nie spojrzał na mnie, gdy wchodziłam, ale jego głos przerwał ciszę.
Odwiedziłeś ją? Tak. Usiadłem na najbliższym krześle. Rozmawialiśmy o wszystkim. Poprosił mnie o przebaczenie. Uwierzyłeś mu? Tak, ale to nie ma znaczenia. W końcu spojrzał na mnie. Jej twarz o wyraźnych rysach i zmęczonym spojrzeniu była bez makijażu. Ciemne włosy, z kilkoma srebrnymi nitkami bardziej widocznymi niż kiedykolwiek, luźno opadały na ramiona. Miał wyraz twarzy kogoś, kto nosi wiele, nie wyrażając tego na głos. Nie zaszkodzi, że się w niej zakochałeś, Evan. Boli mnie, że myślałeś, że nie wytrzymasz.
Nie żebym tak myślała, mamo. Po prostu nie chciałem cię zawieść. Podeszła, zostawiając przed mną kubek. Wychowałem cię, byś był wolny, a nie by cię ukrywać. Ale może nie wiedziałem, jak być blisko bez dominacji. Chciałaś jej jako przyjaciółki i kochałaś ją jako kobietę. Milczeliśmy. Napięcie opadło, ale pozostał dyskomfort tych, którzy próbują się ponownie połączyć po wzajemnych szkodach. Czy nadal boli? Zapytał, nie patrząc na mnie. Nie tak jak wcześniej. I Sofia.
Podniosłem głowę ze zdziwienia. Skąd o niej wiesz? Słyszałem, jak rozmawiałaś przez telefon. Miałaś ten głos, ten, którego używałaś, gdy jeszcze o czymś śniłaś. Nie mogłem powstrzymać uśmiechu. Mama też lekko się uśmiechnęła. Lubisz go?, zapytałem. Jeszcze jej nie znam. Ale jeśli cię to nie zniechęca, jeśli cię nie ukrywa, jeśli nie sprawia, że czujesz się gorszy, to wolę to bardziej niż poprzednie. Podszedł i mnie przytulił. To był niezdarny gest, niemal automatyczny, ale autentyczny. Nie pamiętałam, kiedy ostatnio tak mnie przytulił.
Nie obiecuję, że wszystko zrozumiem, powiedział tuż przy moim uchu. Ale chcę być blisko, nie oceniając cię już. To mi wystarczy, wyszeptałem. Tej nocy, zanim zasnąłem, otrzymałem od niej niespodziewaną wiadomość. Jutro ją zobaczę. Zajęło mi kilka sekund, żeby zrozumieć. To była Vivian. Mama chciała się z nią skonfrontować. Czy na pewno? Odpowiedziałem: "Nie dla ciebie, dla mnie, bo zasługuję na to, by powiedzieć ci to, czego nie powiedziałem." Nie mogłam się powstrzymać od lekkiego zdenerwowania. Wyobraziłem sobie tę scenę. Dwie silne kobiety z własnymi bliznami, twarzą w twarz, po raz pierwszy od czasu, gdy wszystko się zepsuło.
Następnego popołudnia, gdy wróciłem z pracy, mama już do niej poszła się zobaczyć. Czekał na mnie w jadalni. Jego spojrzenie było stanowcze, dłonie spokojne. Poszedłem. Co się stało? Powiedziałem jej, co miałem do powiedzenia, nie krzyczałem na nią, nie obrażałem jej. Po prostu powiedziałem jej, że kiedy łamiesz kogoś, kto cię kochał, przeprosiny nie wystarczą, że nie tylko zdradziła ukochanego, ale kobietę, która jej ufała, gdy nikt inny jej nie ufał. Przełknąłem ślinę.
Co powiedziała? Płakał. Poprosił mnie o przebaczenie. Powiedziała, że czuje pustkę. Uwierzyłeś mu? Tak, ale to nie zmienia tego, co zrobił i nie zmienia tego, na co zasługujesz. Spojrzałem na nią. Podniosł podbródek, godność zachowała się nienaruszona. A teraz powiedział: "Możesz zamknąć ten rozdział, wiedząc, że ja też go zamknąłem. Przytuliłem ją nie z konieczności, lecz z wdzięczności. W końcu moja matka była matką – nie doskonałą, nie heroiczne, ale obecną, i to było warte więcej niż wszystkie wyjaśnienia, które nigdy nie nadeszły.
Nie wiem, czy to był uścisk mojej matki, czy widok, jak patrzyła na Vivian z godnością, której przez lata nie potrafiłem mieć. Ale coś się we mnie zmieniło po tym. Czułem się lżejszy, jakby przeszłość wreszcie przestała trzymać klucze do mojej teraźniejszości. Zacząłem częściej wychodzić, śmiać się bez obawy o ból. I jakby wszystko czekało, aż opuszczę gardę, Sofia zaczęła zajmować coraz więcej miejsca w moim życiu.
To było subtelne. Wysyłał mi piosenki, gdy wiedział, że mam zły dzień. Dał mi małą roślinkę na biurko, żeby twoje dusze nie umarły," powiedział śmiejąc się. I słuchał mnie nie jako kogoś, kto chce cię naprawić, ale jako kogoś, kto po prostu chce być blisko, gdy jesteś rozbrojony. Pewnego popołudnia, gdy spacerowaliśmy przez park, przypadkowo kopnęła kamień i prawie straciła równowagę. Złapała mnie za ramię, śmiejąc się, i przez chwilę się mnie przytuliła.
Kontakt był krótki, ale elektryzujący. Siedzieliśmy na ławce. Słońce powoli zachodziło za drzewami. Sofia, w dżinsowej kurtce, z włosami związanymi w niechlujny kok i delikatnymi ciemnymi kręgami pod ciemnymi oczami, wyglądała na wykończoną, ale piękną. Nie magazyn, nie witryna sklepowa, naprawdę piękna, taka, której nie zauważasz, dopóki nie masz czegoś wyleczonego. Evan powiedział bez ogródek. Nie chcę być ulepszoną wersją kogoś innego. Spojrzałem na nią, nie rozumiejąc tego do końca.
Nie chcę, żebyś był ze mną, jeśli nadal o niej myślisz. Nie jako przeszłość, ale jako możliwość. Milczałem. Nie dlatego, że miał wątpliwości, ale dlatego, że ich nie miał. Spodziewałem się, że powie coś, czego nadal nie odważyłem się pomyśleć. Sofia, nie jesteś Vivian, jesteś wszystkim, czym Vivian nie była. Pokręciła głową. To mi za mało. Nie chcę istnieć w porównaniu z nikim innym. Chcę zostać wybrany. Nie z powodu tego, kim nie jestem, ale z powodu tego, kim jestem.
Jego słowa mnie odsłoniły, bo miał rację. Nie byłem gotowy. Wciąż były świeże pęknięcia, nie krwawiły, ale też się nie zamknęły. Uczę się być sama, nie czując się pusta, powiedziałam mu. I dopiero teraz rozumiem, że kochać to nie kurczowanie się kogoś, kto cię rani, ale wiedzieć, kiedy ktoś jest dla ciebie naprawdę dobry. Spojrzała w dół. Potem dokończ naukę. A jeśli pewnego dnia będziesz kompletny, wróć, ale nie idź w połowie drogi. Wstał, pocałował mnie w policzek, nie jako ostatnie pożegnanie, lecz jako ktoś, kto zostawia drzwi uchylone.
Y se fue sin dramatismo. La vi alejarse con sus zapatillas gastadas y su andar relajado. No lloré, pero sentí un vacío distinto. No el de la pérdida, sino el de la conciencia. Sofía no era una historia de reemplazo, era una historia nueva que no merecían hacer con heridas viejas. Esa noche abrí una hoja en blanco en la computadora y empecé a escribir todo lo que nunca dije. Una carta para mí, para ella, para nadie. Una forma de vaciarme sin romper a nadie más.
Volver a la rutina sin Sofía fue distinto a volver sin Vivian. Con Sofía había una ausencia limpia, sin rencor, pero eso no hacía que doliera menos. Me sumergí en el trabajo, horas extra, tareas que nadie quería. Silencio. Era más fácil así. Nadie pregunta demasiado cuando pareces productivo. Una tarde cualquiera entré a la oficina y noté el ambiente extraño. Miradas cruzadas, murmullos que se callaban cuando alguien entraba a la sala de descanso, el tipo de tensión que se instala cuando algo grave flota en el aire, pero nadie se atreve a decirlo en voz alta.
Fue Julián, uno de los más imprudentes del departamento de marketing, quien se acercó a mi escritorio con esa sonrisa cínica que me molestaba desde siempre. Che, ¿viste el video? ¿Qué video? Me miró con sorpresa, fingida. Pensé que ya te había llegado. El grupo lo tiene casi todo el piso. Alguien lo filtró. A ella se le fue de las manos. ¿A quién? Pero no hizo falta que respondiera. En ese mismo momento, mi celular vibró. Un mensaje de un número desconocido, solo un archivo de video.
Lo abrí. Vivían en un hotel con Leo. No mostraba nada explícito, pero bastaban las imágenes, los sonidos de fondo, el tono. Alguien había grabado desde una rendija. Lo peor no era lo que mostraba, sino el hecho de que existía. Me levanté sin decir una palabra. Fui directo al baño, cerré la puerta del cubículo, apoyé la frente contra la madera y respiré hondo. No era celos, no era tristeza, era indignación, vergüenza ajena y, en parte una culpa extraña, porque por más que ya no sintiera nada por ella, una parte de mí aún recordaba lo que fue mirarla como a alguien intocable.
Cuando salí, tenía siete llamadas perdidas de Vivian. No le contesté. Una hora después se presentó en mi trabajo. Entró sin pedir permiso, desarreglada, los ojos hinchados. Parecía haber llorado todo el día, el maquillaje corrido, el cabello suelto y revuelto, una campera negra que no era su estilo. Estaba deshecha. Evan, me dijo, eh, tomándome del brazo. Necesito hablar con vos. No es el lugar. No me importa. No tengo donde esconderme. La llevé fuera. Al estacionamiento, una llovisna ligera empezaba a caer.
Ella tiritaba, pero no se movía. No sabía que alguien nos grabó. No sabía que eso iba a circular. ¿Y por qué me buscas a mí? No soy tu abogado ni tu confesor porque no tengo a nadie. Porque a vos no te mentiría más. Porque vos siempre me viste como persona, incluso cuando yo no lo merecía, la miré fijo. ¿Querés que te defienda, que te consuele? No puedo. Ya no. Ella bajó la mirada. Solo quería que lo supieras, que no fue mi culpa.
No fue tu culpa que te grabaran, eso está claro. Pero el daño no empieza con ese video. Vivian empezó mucho antes. Cuando cruzaste límites que sabías que iban a romper cosas, ella empezó a llorar en silencio. No de forma dramática, no como la mujer altiva de antes. Era un llanto callado, desesperado. Estás pagando el precio de todo lo que construiste con ego y silencio. Ella asintió. No discutió. Perdón por volver, por pedirte algo cuando ya no puedo darte nada.
No respondí, solo me quedé mirándola. En algún lugar tal vez aún quedaba algo de ternura, pero no bastaba. La lluvia arreció un poco más. Ella se fue caminando sola, sin paraguas. Volví al edificio mojado y cansado. En el ascensor vi mi reflejo, barba crecida, ojeras marcadas, los ojos de alguien que ha dejado de esperar. Pensé en Sofía, en su voz firme, en su necesidad de no ser comparada y entendí que no podía dar nada si seguía arrastrando las ruinas de alguien más.
Quizás aún no era libre, pero estaba aprendiendo. Después del escándalo del video, la empresa entró en estado de murmullo permanente. Cada vez que alguien mencionaba a Vivian, lo hacía en voz baja, como si nombrarla en alto invocara un desastre. Nadie hablaba conmigo directamente del tema, pero todos sabían. Yo era el ex. el que había. Estuve con ella en secreto por años. El hombre que ahora deambulaba entre las ruinas con expresión de que todo aquello ya no lo afectaba, pero sí afectaba, solo que de forma distinta a antes.
Transcurrieron días sin que Vivian intentara comunicarse conmigo y eso, de alguna manera resultó un alivio. Una noche, tras una jornada agotadora, abrí una carpeta antigua en el ordenador. Dentro había capturas de pantalla, imágenes, audios, todo lo que conservé de esa relación. una especie de santuario digital al sufrimiento que había optado por no eliminar. Seleccioné todo. Lo borré sin ritual, sin ira, solo con vacío. Luego abrí un documento nuevo. Sentí la necesidad de escribirle. No a ella, a mí, a ese Evan de hace tiempo que se guardó palabras, que aguardó demasiado, que mezcló pasión con amor.
La carta fluyó sola. No fue tu culpa que ella no supiera amarte. Tampoco fue tu culpa haber permanecido más de lo debido. Amas con todo, aunque no te correspondan igual, pero ya es momento de dejar de ofrecerte a quien no sabe aceptar. Terminé de redactarla y la dejé allí. No la imprimí, no la firmé, no requería más. Apagué el ordenador, inhalé profundo. Entonces, mi móvil vibró. Sofía, pasé por tu calle, vi luz en tu ventana. ¿Estás despierto?
No lo dudé dos veces. Sí. Minutos después tocaron la puerta. Era ella con su chaqueta habitual, los rizos sueltos, una mirada calmada. No había enojo, ni nervios, ni demandas, solo ella, entera. Perdón por llegar sin avisar, dijo. Siempre me gustó que actúes por impulso. Entró sin invitación, se acomodó en el sofá, cruzó las piernas. Leí algo que decía, si alguien parte para encontrarse, no lo detengas, pero si regresa, atiende lo que trae. Me senté frente a ella.
Volví porque comprendí algo. No debo rescatarte. Pero sí merezco que no me arrastres con tus restos. No te arrastraré, no más. ¿Todavía piensas en ella? Pensar no equivale a esperar. Ya no espero nada de Vivian, ni rencor, ni cariño, solo nada. Entonces sí, dijo Sofía con una sonrisa sutil. Podemos comenzar. No nos besamos. No hubo banda sonora. No era una escena de cine, era algo superior, un diálogo sincero entre dos personas listas para protegerse. Charlamos hasta el amanecer, sobre todo menos sobre nosotros, como si ya no hiciera falta aclararlo.
Al irse me dijo, “No quiero juramentos, solo quiero cercanía, eso sí puedo ofrecerte. ” Me abrazó y esta vez no temí soltar el pasado porque entendí algo que Vivian nunca captó. Perdonar no es regresar. Perdonar es partir sin cargar el rencor y volver solo si hay vida fresca al otro lado. Tres meses después de aquella madrugada con Sofía, todo se había transformado. No de repente, no como en los finales idílicos de las películas. Fue gradual, dolorosamente auténtico.
Vivian Vanish del círculo. Algunos decían que dimitió, otros que emigró del país. Nunca me molesté en verificar. La última vez que oí su nombre fue en una charla ajena mientras esperaba para pagar un café. Me volví, lo escuché como si no me concerniera y continué. Mi madre ahora inquiría por Sofía en cada llamada. le caía bien, pero más que eso, le agradaba verme sereno. Ella decía que era mi primera relación sin vértigo. Yo no la contradije. No era vértigo lo de antes, era vértigo camuflado de amor.
Sofía y yo no convivimos, nunca lo precipitamos, pero nos veíamos casi diariamente. Algunas noches pernoctábamos en su apartamento pequeño, donde todo olía a música y libros antiguos, otras en el mío, que aún aprendía a liberarse de sus sombras. Una tarde recibí un correo inesperado, una oferta laboral en otra ciudad. Mejor sueldo, más carga, un giro completo. Lo discutí con Sofía mientras comíamos empanadas sentados en el suelo, como hacíamos cuando ninguno quería armar la mesa. ¿Queres irte?, preguntó ella sin reproche.
Chcę zacząć od zera, tym razem bez ukrywania tego, kim jestem. Skinęła głową. Więc zrób to dobrze. A ty, uśmiechnął się. Jeśli nowy Evan będzie tak dobry jak ten, którego teraz widzę, zaprosi mnie do odwiedzin. Pocałowałem ją w czoło. Wprowadziłem się dwa tygodnie później. Nowe mieszkanie, nowe miasto, używane meble, ale wybrane przeze mnie, bez prezentów od kogoś, kto sprawił, że poczułam się niepełna, bez sztucznych kwiatów. Pewnej nocy, gdy organizowałem książki, przyszła wiadomość. Sofia, nadal mi się podoba.
Wpatrywałem się w ekran, nie wiedząc, czy to spowiedź, czy egzamin. Napisałem: "Teraz wiem, że chcę ci dać i to nie jest echo od nikogo innego." Nie odpowiedział od razu, ale odpowiedział, zanim zamknął oczy. Więc tak, przyjdź po mnie, gdy będziesz gotowy. Wyszedłem na balkon. Była noc. Światła miasta były chłodne. Powietrze pachniało inaczej. Nie wiedziałem, kto to będzie w tej nowej wersji mnie, ale coś wiedziałem. Nie był już czyimś ukrytym kochankiem. Już nie błagał, by go zobaczyć. Nie milczał już, by zachować resztki. To był Evan. I po raz pierwszy od lat to wystarczyło.
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