"Puść mojego ojca, a sprawię, że wstaniesz" — śmieje się dwór... Aż do cudu

Los registros dicen otra cosa. El fiscal sacó un folder grueso de su maletín. Aquí está el testimonio del Dr. Sebastián Torres, colega del acusado, quien declara que el doctor Cruz operó contra protocolo, que tomó riesgos innecesarios, que su ego. El Dr. Torres es un mentiroso. Otra voz se levantó desde la galería. Un hombre joven con cicatrices visibles en el cuello se puso de pie. Mi nombre es Luis Fernández. Hace años, cuando tenía ocho, tuve un accidente terrible.

El doctor Torres dijo que era muy peligroso operarme, que era mejor dejar que la naturaleza siguiera su curso. ¿Saben qué significa eso? Significa dejarme morir. Pero el doctor Cruz no estuvo de acuerdo. Me operó durante 14 horas y aquí estoy vivo gracias a él. Más personas comenzaron a levantarse una tras otra. Historias similares llenaron el tribunal. Operó a mi esposa cuando nadie más quiso arriesgarse. Salvó a mi bebé cuando otros doctores la desauciaron. Ese hombre es un héroe, no un criminal.

El mazo golpeó débilmente. El juez Salinas ya no tenía fuerzas para controlar la sala. Miraba todo el desfile de testimonios con expresión derrotada. Ve, señoría. Isabela se acercó nuevamente al estrado, el sobre aún firmemente en su mano. Toda esta gente sabe quién es mi papá realmente, pero hay alguien más en esta sala que también lo sabe muy bien. Alguien que le debe todo. El juez cerró los ojos. Por favor, niña, no hagas esto. Entonces haga usted lo correcto.

Isabela colocó el sobre el escritorio, pero mantuvo su mano encima. Diga la verdad sobre mi papá. Termine este juicio injusto y yo guardaré su secreto para siempre. No es tan simple. El juez abrió los ojos y por primera vez había genuina angustia en ellos. Ay, hay cosas que tú no entiendes. Razones por las cuales este juicio debe continuar. Razones. Isabela inclinó la cabeza. O amenazas. El silencio que siguió fue eléctrico. El fiscal Vargas palideció visiblemente. La doctora Reyes intercambió una mirada rápida con Teresa Mendoza y el Dr.

Mateo Cruz desde el banquillo sintió que una pieza del rompecabezas finalmente encajaba en su lugar. “Usted no quiere condenar a mi papá.” Isabela dijo lentamente como si estuviera resolviendo un acertijo. Alguien lo está obligando. Isabela, detente ahora. Su padre intentó levantarse, pero los guardias lo mantuvieron sentado. No sigas por ese camino, es peligroso. Peligroso para quién. Una nueva voz retumbó desde las puertas del tribunal. Todos se giraron para ver a un hombre alto, aproximadamente 50 años, vestido con un traje costoso, entrando con pasos seguros.

Su presencia llenaba la sala de una forma que hacía que la gente instintivamente se apartara. Peligroso para los mentirosos. O peligroso para aquellos que están dispuestos a decir la verdad. Señor Augusto Solís. El fiscal Vargas pronunció el nombre como si fuera veneno. ¿Qué hace usted aquí? Este es un tribunal cerrado. Soy abogado. Augusto Solís sonrió, pero no había calidez en esa sonrisa. Y acabo de ser contratado para representar al Dr. Mateo Cruz. Mi primera acción como su defensor es presentar una moción de nulidad de este juicio completo, basándome en evidencia de manipulación procesal.

La doctora Reyes abrió la boca para protestar, pero Solís levantó una mano. Doctora Reyes, sin ofender, pero usted fue asignada a este caso precisamente porque su carga de trabajo la hace menos efectiva. Eso no fue coincidencia. Fue planeado. Planeado. El juez Salinas se inclinó hacia adelante. Señor Solís, está haciendo acusaciones muy graves, sin evidencia que Sin evidencia. Solís sacó un dispositivo de su bolsillo. Tengo grabaciones, conversaciones entre el fiscal Vargas y ciertos individuos que prefieren permanecer en las sombras.

Conversaciones donde se discute exactamente cómo asegurar la condena del doctor Cruz sin importar la verdad. El tribunal explotó en murmullos. El fiscal Vargas se puso de pie de un salto, su rostro color carmesí. Eso es absolutamente falso. Exijo que ese dispositivo sea confiscado inmediatamente. No hay forma legal de que usted tenga acceso a a conversaciones privadas que involucran conspiración para encarcelar a un inocente. Solís arqueó una ceja. Tiene razón fiscal. No hay forma legal de que yo tenga esto, pero aquí está y está completo con fechas, horas y nombres.

Isabela miraba al recién llegado con una mezcla de asombro y sospecha. ¿Quién es usted realmente? ¿Por qué ayuda a mi papá? Augusto Solís la miró directamente y por primera vez su expresión se suavizó. Porque pequeña, tu padre una vez salvó a alguien muy importante para mí, alguien que los doctores habían desauciado. Y porque he pasado años esperando el momento correcto para pagar esa deuda. ¿Quién? Isabela preguntó. Mi hija. Solis respondió simplemente. Hace años, cuando tenía tu edad, tuvo una neurisma cerebral.

El doctor Cruz la operó cuando cinco cirujanos diferentes dijeron que era imposible. Hoy ella está estudiando medicina porque quiere ser como el hombre que le dio una segunda oportunidad de vida. Lágrimas corrieron por las mejillas de Isabela. Entonces, entonces hay más personas que mi papá salvó. Cientos. Teresa Mendoza intervino. Durante su carrera, el doctor Cruz ha salvado a cientos de personas que otros médicos consideraban casos perdidos, pero eso también le hizo ganar enemigos. Enemigos. La doctora Reyes finalmente encontró su voz.

Está diciendo que este juicio es una venganza. No solo una venganza. Solís caminó hasta el centro de la sala, su voz proyectándose para que todos pudieran escuchar. Es un mensaje. Un mensaje para todos los médicos que piensan poner a sus pacientes por encima de las ganancias, para aquellos que rechazan los sobornos de las compañías farmacéuticas, para los que denuncian prácticas médicas corruptas. Esas son acusaciones muy serias. El juez Salinas dijo, pero su voz carecía de convicción. Y puedo probar cada una.

Solís colocó un maletín sobre la mesa de la defensa. Pero primero, señoría, necesito que usted tome una decisión. ¿Va a permitir que la verdad salga a la luz o va a continuar siendo parte de esta farsa? El juez miró a Solís, luego a Isabela, quien todavía sostenía el sobre amarillento, luego a las decenas de personas en la galería, todas mirándolo con esperanza y súplica. Finalmente, sus ojos se posaron en el Dr. Mateo Cruz. “Doctor Cruz”, dijo lentamente.

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.