SAMOTNY OJCIEC POMAGAŁ KOBIECIE, NIE WIEDZĄC, ŻE TO ONA JEST SĘDZIĄ, KTÓRA TRZYMA SWÓJ LOS W SWOICH RĘKACH...

En el espejo retrovisor vio a Elena subir a su coche, observándolo alejarse. Mientras conducía, se preguntó qué le diría a Francisco. La verdad sonaba como una excusa barata. Llegué tarde porque me detuve a ayudar a una jueza. con un neumático pinchado. Casi podía imaginar la risa sarcástica de su jefe. Al llegar a la obra, Francisco lo esperaba con los brazos cruzados y el seño fruncido. ¿Te parece que esto son horas, Gómez? ¿Crees que el resto del equipo no tiene mejores cosas que hacer que esperar a que el señorito decida honrarnos con su presencia?

Lo siento, jefe. Hubo un imprevisto en la carretera. un imprevisto. ¿Sabes cuántas veces escucho esa excusa? La próxima vez saldrás más temprano o buscarás trabajo en otro lado. ¿Entendido? Manuel asintió en silencio, aguantando la humillación frente a sus compañeros. No se arrepentía de haber ayudado a Elena, pero le dolía que su integridad fuera cuestionada. Durante el resto de la jornada, mientras colocaba ladrillos bajo el sol implacable, pensó en sus hijos Martín y Lucía. Todo lo que hacía era por ellos.

Cada sacrificio, cada momento lejos, cada humillación soportada, todo tenía sentido cuando veía sus sonrisas los fines de semana. La audiencia por la custodia se acercaba y el miedo lo invadía por las noches. No era un hombre rico, no tenía una casa grande ni influencias, solo tenía su trabajo, su amor por sus hijos y la determinación de ser un buen padre. Sería suficiente para un juez. Al terminar la jornada, Manuel recibió una llamada de su abogado Raúl. Manuel, hay novedades sobre tu caso.

La jueza original ha sido transferida a otro distrito y han asignado a alguien nuevo. ¿Es bueno o malo? Preguntó Manuel sintiendo como su estómago se contraía. Es diferente. La nueva jueza tiene fama de ser bastante estricta en casos de custodia. Se llama Elena Medina y acaba de llegar al distrito. Manuel se detuvo en seco. Elena no podía ser coincidencia. Recordó su rostro, su expresión de gratitud, la manera en que lo había mirado. Manuel, ¿sigues ahí? Sí, sí.

Solo me sorprendió el cambio. Mira, no quiero alarmarte, pero debemos prepararnos bien. Esta jueza es conocida por valorar mucho la estabilidad económica. Nuestros argumentos sobre tu vínculo emocional con los niños deberán ser impecables. Las palabras del abogado solo aumentaron su ansiedad. ¿Qué pasaría cuando Elena lo reconociera? ¿Se sentiría obligada a favorecerlo? o quizás sería más dura para compensar. Esa noche, mientras observaba las fotos de sus hijos en el pequeño apartamento que había alquilado tras la separación, Manuel se preguntó si aquella buena acción en la carretera cambiaría su destino de alguna manera.

Por primera vez en mucho tiempo sintió un destello de esperanza. No podía saber que aquel encuentro fortuito en una mañana de otoño sería solo el comienzo de un camino que transformaría su vida para siempre. Los días siguientes pasaron con una lentitud agonizante para Manuel. Cada mañana despertaba con el peso de la incertidumbre aplastando su pecho. La audiencia por la custodia se acercaba inexorablemente y la coincidencia de que Elena fuera la jueza designada para su caso, lo mantenía en un estado constante de ansiedad.

“¿Debería decirle algo a Raúl?”, se preguntaba mientras preparaba café en su pequeña cocina. El abogado tenía derecho a saber sobre aquel encuentro casual con la jueza, pero cómo explicarlo sin que sonara como un intento desesperado de manipulación. Ayudé a la jueza con un pinchazo y ahora espero que me favorezca. La frase, incluso en su mente sonaba terrible. El timbre de su teléfono lo sobresaltó. Era Claudia, su exesposa. Manuel, necesito cambiar el fin de semana con los niños, anunció sin preámbulos.

Tengo un compromiso importante y no puedo cancelarlo. Manuel cerró los ojos conteniendo la frustración. Los fines de semana con Martín y Lucía eran sagrados para él, el único tiempo que podía pasar con ellos. Claudia, ¿sabes lo importantes que son estos momentos para mí? ¿Crees que lo hago por gusto? Es una oportunidad laboral, Manuel. A diferencia de ti, algunos intentamos mejorar nuestras circunstancias. El comentario estaba diseñado para herirlo y lo logró. Manuel respiró profundamente antes de responder. Está bien.

¿Cuándo puedo verlos entonces? Te los dejaré el miércoles por la tarde y podrás tenerlos hasta el jueves por la noche. Pero tengo que trabajar el jueves. Ese no es mi problema, Manuel. Organízate. La llamada terminó tan abruptamente como había comenzado, dejando a Manuel con un nudo en la garganta. Claudia sabía perfectamente que no podía faltar al trabajo, no ahora que Francisco lo vigilaba especialmente tras su retraso. Estos pequeños enfrentamientos se habían vuelto rutinarios desde la separación. Lo que más le dolía no era la actitud de Claudia, sino el daño que esta situación causaba a los niños.

Martín, siempre sensible, había comenzado a mostrar signos de ansiedad. Lucía, por su parte, se había vuelto más retraída, como si intentara hacerse invisible para no causar más conflictos. “Esto tiene que terminar”, murmuró Manuel mirando la fotografía de sus hijos que guardaba en su cartera. “Necesitan estabilidad. Necesitan saber que ambos padres los amamos independientemente de lo que haya pasado entre nosotros.” Aquella tarde después del trabajo, Manuel decidió visitar a su padre Ricardo. El anciano vivía solo desde la muerte de su esposa 5 años atrás, pero mantenía un espíritu jovial que contrastaba con las arrugas que surcaban su rostro.

“Hijo, qué sorpresa verte entre semana”, exclamó Ricardo al abrirle la puerta. Manuel se dejó abrazar por su padre, sintiendo una oleada de nostalgia por aquellos tiempos en que un abrazo paterno parecía capaz de solucionar cualquier problema. Necesitaba hablar, papá. Ricardo lo condujo hasta la pequeña sala, donde el aroma a café recién hecho impregnaba el ambiente. Sin preguntar, sirvió dos tazas y se sentó frente a su hijo. Es sobre la audiencia, comenzó Manuel dudando cómo explicar la situación.

Hay algo extraño que ha pasado. Con palabras entrecortadas, le contó a su padre sobre el encuentro con Elena en la carretera y la sorpresa al descubrir que sería ella quien presidiría su caso. Y ahora no sabes si decírselo a tu abogado, concluyó Ricardo comprendiendo el dilema de su hijo. Manuel asintió. Si lo menciono, podría parecer que intento sacar ventaja. Si no lo hago, y ella me reconoce durante la audiencia. Ricardo guardó silencio un momento sopesando la situación.

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