SAMOTNY OJCIEC POMAGAŁ KOBIECIE, NIE WIEDZĄC, ŻE TO ONA JEST SĘDZIĄ, KTÓRA TRZYMA SWÓJ LOS W SWOICH RĘKACH...

Hijo, siempre te he enseñado que la honestidad es el único camino. Si tienes que perder la custodia siendo honesto, que así sea, pero no querrás ganarla con un engaño, por omisión que sea. Las palabras de su padre resonaron profundamente en Manuel. Ricardo siempre había sido así, incapaz de contemplar siquiera las zonas grises de la vida. Para él lo correcto era lo correcto, sin importar las consecuencias. “Hablaré con Raúl mañana”, decidió finalmente. Al día siguiente, el abogado escuchó su relato con una mezcla de sorpresa e incredulidad.

“¿Me estás diciendo que te encontraste casualmente con la jueza Medina y la ayudaste con un pinchazo y ella no sabe que tú eres el Manuel Gómez de su caso, así es? Apenas intercambiamos nombres de pila. Raúl se reclinó en su silla pensativo. Esto es inusual. Por un lado, podríamos solicitar que se recuse del caso por conflicto de interés. Por otro, ¿por?, preguntó Manuel intrigado por la pausa de su abogado. Por otro, este encuentro casual podría haber creado una impresión positiva en ella.

No estoy sugiriendo que vaya a favorecerte indebidamente, pero los jueces son humanos, Manuel. Las impresiones personales influyen, aunque intenten ser objetivos. La sugerencia le resultó incómoda. No quiero ganar así, Raúl. No sería justo para nadie, ni siquiera para mí. Admiro tu integridad, Manuel, pero piensa en tus hijos. Esta podría ser la diferencia entre verlos dos días a la semana o tener una custodia compartida real. Manuel sintió como el peso de la decisión lo abrumaba. Sus hijos eran todo para él y la posibilidad de perder tiempo con ellos le resultaba insoportable.

Pero, ¿a qué precio estaba dispuesto a ganar? Necesito pensarlo”, respondió finalmente. Esa noche, mientras intentaba conciliar el sueño, la imagen de Elena apareció en su mente. Su expresión de gratitud cuando terminó de cambiar la rueda, la manera en que lo había mirado cuando rechazó el pago, cómo reaccionaría al verlo en su sala. lo reconocería inmediatamente. La mañana de la audiencia llegó demasiado pronto. Manuel se vistió con su mejor traje, el único que conservaba de su vida anterior.

Se miró al espejo notando las ojeras que delataban sus noches de insomnio, y se preguntó qué vería Elena al mirarlo al hombre servicial que la ayudó en la carretera o al padre desesperado luchando por sus hijos. Al llegar al juzgado, Claudia ya estaba allí con su abogado Antonio, conocido por su agresividad en los casos de custodia. Manuel sintió un escalofrío al verlos conversar animadamente como si estuvieran seguros de su victoria. “Respira hondo”, le aconsejó Raúl. “Recuerda lo que hemos preparado.

Tu récord laboral es estable. A pesar de las dificultades. Has mantenido el contacto con los niños. religiosamente y las evaluaciones psicológicas te favorecen. Tenemos un buen caso. Manuel asintió mecánicamente, pero su mente estaba en otra parte. Aún no le había contado a Raúl sobre su decisión final respecto al encuentro con Elena. “Hay algo que debo hacer antes de entrar”, dijo finalmente. “Ahora estamos a punto de comenzar. Es importante. Confía en mí.” Manuel se dirigió hacia la secretaria judicial, una mujer de mediana edad con expresión seria.

Disculpe, necesito hablar urgentemente con la jueza Medina antes de la audiencia. Es sobre un posible conflicto de interés. La secretaria lo miró con sorpresa. La jueza está preparándose para la sesión. No puedo interrumpirla a menos que sea absolutamente necesario. Lo es, afirmó Manuel con determinación. Por favor, dígale que Manuel Gómez necesita verla un momento. Ella entenderá. Después de dudar unos segundos, la secretaria asintió y desapareció por un pasillo lateral. Raúl observaba la escena con preocupación evidente. ¿Qué estás haciendo, Manuel?

No puedes hablar con la jueza en privado antes del juicio. Confía en mí, Raúl. Es lo correcto. Minutos después, la secretaria regresó. La jueza accede a verlo brevemente en su despacho. Sígame, por favor. Manuel siguió a la mujer por un largo pasillo, sintiendo como su corazón se aceleraba con cada paso. Al entrar en el despacho, vio a Elena sentada tras su escritorio con una expresión indescifrable. “Señor Gómez”, lo saludó formalmente. La secretaria me informa que tiene algo urgente que discutir antes de la audiencia.

Manuel notó inmediatamente el reconocimiento en sus ojos, aunque su tono se mantenía estrictamente profesional. Su señoría, nos conocimos hace tres semanas en la carretera de Valderrama. Usted tuvo un pinchazo y yo me detuve a ayudarla. Elena mantuvo su compostura, pero un ligero cambio en su postura confirmó lo que Manuel ya sabía. Ella lo había reconocido. Efectivamente, señor Gómez, y le agradezco nuevamente su ayuda. ¿En qué puedo ayudarle ahora? He venido a informarle formalmente de este encuentro porque considero que podría constituir un conflicto de interés para usted en mi caso de custodia.

No mencioné nada entonces sobre mi situación legal, pero creo que es importante que lo sepa antes de presidir la audiencia. Elena lo observó en silencio por un momento, como evaluando no solo sus palabras, sino la intención detrás de ellas. Aprecio su honestidad, señor Gómez. Efectivamente, esto constituye una situación que debo considerar cuidadosamente. Entenderé completamente si decide recusarse del caso, añadió Manuel. No quisiera comprometer su integridad profesional de ninguna manera. ¿Puedo preguntarle por qué decidió informarme directamente en lugar de utilizar esta información potencialmente a su favor?

La pregunta lo tomó por sorpresa, porque no sería correcto, su señoría, y porque quiero ganar la custodia compartida de mis hijos por mis méritos como padre, no por circunstancias externas. Un atisbo de sonrisa apareció en el rostro de Elena, tan breve que Manuel pensó haberlo imaginado. Le agradezco su transparencia, señor Gómez. Ahora, si me disculpa, necesito unos minutos para considerar la situación. La audiencia comenzará en breve. Al regresar a la sala, Raúl lo esperaba con expresión ansiosa.

¿Qué has hecho, Manuel? Lo correcto,” respondió simplemente. La espera se hizo eterna. Claudia lo miraba desde el otro lado de la sala con curiosidad, probablemente preguntándose qué había sucedido. Finalmente, las puertas se abrieron y todos fueron llamados a entrar. Elena no estaba en el estrado. En su lugar, un hombre de edad avanzada ocupaba la posición del juez. “Buenos días a todos”, comenzó el hombre. Soy el juez Alberto Vega. Debido a un posible conflicto de interés declarado por la jueza Medina, asumiré este caso a partir de ahora.

La audiencia queda aplazada hasta mañana para permitirme revisar adecuadamente el expediente. Un murmullo de sorpresa recorrió la sala. Manuel sintió la mirada incrédula de Raúl y la indignación creciente de Claudia. ¿Qué has hecho? Lo confrontó ella en el pasillo una vez terminada la breve sesión. ¿Qué juego estás jugando ahora, Manuel? No es ningún juego, Claudia. Solo hice lo que debía hacer. ¿Y qué fue exactamente? Intervino Antonio, el abogado de ella. ¿Qué conflicto de interés podría tener la jueza Medina contigo?

Manuel miró directamente a los ojos de su exesposa. La conocí por casualidad hace unas semanas. La ayudé con un problema en la carretera sin saber quién era. Cuando me enteré de que presidiría nuestro caso, decidí informarlo. “¿Estás diciendo que renunciaste a una posible ventaja?”, preguntó Claudia incrédula. “¿Por qué harías algo así?” por los niños, respondió simplemente, quiero que cuando crezcan y entiendan todo esto, sepan que su padre luchó por ellos con honestidad, que nunca tomé atajos, ni siquiera cuando el camino era difícil.

Algo cambió en la expresión de Claudia. Por un instante, Manuel vislumbró a la mujer de la que se había enamorado años atrás, la que valoraba la integridad por encima de todo. Eres un idiota idealista. murmuró ella, pero el insulto carecía de su habitual veneno. Siempre lo ha sido. Lo tomaré como un cumplido respondió Manuel con una leve sonrisa. Aquella noche, mientras intentaba prepararse para la audiencia del día siguiente, Manuel recibió una llamada de Raúl. “Tengo noticias”, anunció el abogado, y algo en su tono hizo que Manuel se tensara.

He estado investigando sobre el juez Vega y es conocido por favorecer acuerdos de custodia compartida, siempre que ambos padres demuestren compromiso con el bienestar de los niños. Cree firmemente que los hijos necesitan a ambos progenitores en sus vidas. Manuel sintió como un peso se aligeraba en su pecho. Eso es bueno. No es excelente, Manuel. Y hay algo más. Me han informado extraoficialmente que la jueza Medina dejó una nota en el expediente antes de recusarse. No puedo saber qué decía, pero mi fuente indica que era positiva.

Manuel cerró los ojos abrumado por el alivio. No sabía que había escrito Elena, pero quería creer que había reconocido su integridad, su compromiso como padre. Gracias por avisarme, Raúl. No, Manuel. Gracias a ti por recordarme por qué elegí esta profesión. A veces, en medio de tantas batallas legales, uno olvida que se trata de personas reales, de vidas que se transforman con nuestras decisiones. Al colgar, Manuel se acercó a la ventana de su pequeño apartamento. La luna iluminaba tenuemente la ciudad dormida.

Mañana sería un nuevo día, una nueva oportunidad. No sabía cómo terminaría todo, pero por primera vez en mucho tiempo sentía esperanza. Había hecho lo correcto, aún a riesgo de perderlo todo. Y esa certeza, esa paz interior era algo que nadie podría arrebatarle jamás. La mañana de la segunda audiencia amaneció con un cielo despejado que contradecía la tormenta emocional en el interior de Manuel. Había dormido apenas unas horas, repasando mentalmente cada argumento, cada palabra que diría ante el juez Vega.

Esta podría ser su última oportunidad de conseguir más tiempo con sus hijos. Y el pensamiento lo aterraba y lo fortalecía a partes iguales. “Papá, ¿estás nervioso?” La voz de Raúl al teléfono lo sacó de sus cavilaciones mientras ajustaba su corbata frente al espejo. Tanto se nota. Te conozco, Manuel. Siempre has sido pésimo ocultando tus emociones, pero recuerda, tenemos un buen caso. Tu historial como padre es impecable y el juez Vega valora eso por encima de todo. Manuel asintió en silencio, aunque su abogado no podía verlo.

Es solo que hay tanto en juego, Raúl. Si pierdo, no pierdas energía imaginando escenarios negativos. Lo interrumpió Raúl con firmeza. Concéntrate en lo que puedes controlar, tu testimonio, tu actitud. El resto está fuera de nuestras manos. Las palabras de su abogado resonaron en su mente mientras conducía hacia el juzgado. Controlar lo que podía controlar. Había sido el mantra de su vida desde la separación, concentrarse en ser un buen padre durante los escasos momentos que pasaba con Martín y Lucía, sin amargarse por el tiempo perdido.

Al llegar, la sala ya estaba casi llena. Claudia conversaba en voz baja con Antonio, lanzándole ocasionalmente miradas cargadas de resentimiento. Manuel respiró hondo y se acercó a Raúl, que lo esperaba junto a la puerta. ¿Estás listo?, preguntó su abogado. Tan listo como puedo estar, respondió Manuel, sintiendo como su corazón se aceleraba. La puerta lateral se abrió y el juez Vega entró en la sala. Era un hombre de unos 60 años con una mirada serena que denotaba décadas de experiencia judicial.

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