“Ahora vete. No quiero verte.” Sin decir una palabra más, Elena se giró. Con toda la dignidad que pudo reunir, caminó hacia la puerta que él le había indicado, su vestido susurrando contra el suelo de mármol. Al cerrar la puerta de su nueva habitación tras ella, finalmente se derrumbó. se apoyó contra la madera fría y las lágrimas silenciosas y calientes comenzaron a rodar por sus mejillas. Estaba a salvo de él físicamente, pero se dio cuenta de que su corazón y su orgullo estaban en un peligro mucho mayor.
Su matrimonio era una mentira y su vida, una celda. La primera mañana en la mansión Montero fue extraña y desoladora. Elena se despertó en una cama enorme, sola, en una habitación desconocida que olía a pintura fresca y a nuevo. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas automáticas, revelando un espacio decorado con un gusto exquisito, pero impersonal. No había ni un solo toque personal, ni una foto, ni un libro. Era como una habitación de hotel de lujo, una en la que te quedas de paso.
Se duchó en el baño de mármol, tan grande como el salón de su antigua casa, y se vistió con la ropa que habían traído de su casa, la cual ya estaba perfectamente colgada y doblada en el vestidor por alguien invisible. La sensación de ser una invitada, una intrusa, era abrumadora. Bajó las escaleras con el corazón encogido, sin saber qué esperar. El silencio de la casa era casi total, solo roto por el suave zumbido de la nevera. Encontró la cocina, un espacio moderno y reluciente donde una mujer mayor, de cabello gris recogido en un moño y sonrisa amable estaba preparando café.
“Buenos días, señora Montero”, dijo la mujer. “Soy Carmen, el ama de llaves. ¿Le apetece desayunar?” El señor ya se fue a la oficina. La mención de Ricardo como el señor la hizo sentirse aún más extraña. Solo un café, por favor, Carmen. Y llámame Elena. Como usted tee, seño. Elena. Carmen le sirvió una taza de café humeante y le señaló una mesa en un rincón soleado con vistas al jardín. El Señor dejó esto para usted. Sobre la mesa había un sobre.
con manos temblorosas lo abrió. Dentro había una tarjeta de crédito de platino y una nota escueta escrita con la letra afilada y decidida de Ricardo para tus gastos. Un coche con chóer está a tu disposición. Mi asistente te llamará para programar cualquier evento social al que debas asistir. No me avergüences. Ni un buenos días, ni una palabra amable, solo instrucciones frías y transaccionales. Elena apretó la mandíbula. No me avergüences. Como si ella fuera una niña a la que hubiera que vigilar.
Se pasó el resto del día vagando por la inmensa casa, sintiéndose como un fantasma. La mansión era preciosa, pero vacía. Tenía piscina, gimnasio, una biblioteca llena de libros que parecían no haber sido leídos nunca y un cine en casa. Tenía todo lo que el dinero podía comprar y aún así se sentía más pobre que nunca. Por la tarde la soledad y la inacción se hicieron insoportables. Necesitaba aire. Necesitaba algo familiar. Carmen, ¿podría pedirle al chófer que me lleve a mí, a la floristería de mi familia?
Por supuesto, Elena. Le avisaré a Marcos ahora mismo. El viaje de vuelta a su barrio fue como viajar a otro mundo. Dejó atrás las colinas de los ricos con sus muros altos y sus cámaras de seguridad y regresó a las calles bulliciosas y llenas de vida que conocía. Cuando el lujoso coche negro se detuvo frente al jardín de los recuerdos, Elena sintió la primera punzada de alivio del día. La pequeña tienda, con su fachada pintada de verde y sus macetas desbordantes de flores de colores, era su verdadero hogar.
Al entrar, el aroma familiar de las rosas, los lirios y la tierra húmeda la envolvió como un abrazo. “Elena”, exclamó su padre saliendo de la trastienda. Sus ojos se iluminaron al verla, pero había una sombra de preocupación en ellos. “¿Qué haces aquí, hija? ¿Está todo bien? Todo está perfecto, papá. Solo quería pasar a saludar y y ver cómo estaban las cosas. Le dio un abrazo, aferrándose a él con más fuerza de la necesaria. En ese momento, la campanilla de la puerta volvió a sonar y entró Daniel.
Daniel era un amigo de la infancia, ahora un paisajista de talento que a menudo colaboraba con la tienda. Era alto, de sonrisa fácil y ojos amables del color de la miel. Siempre había tenido una debilidad por Elena, algo que todos sabían, pero de lo que nunca se hablaba. Elena, vaya, no esperaba verte. Oí las noticias. Enhorabuena, dijo, aunque su sonrisa no llegó del todo a sus ojos. Había una nota de tristeza en su voz. “Gracias, Daniel”, respondió ella, sintiéndose una farsante.
“Estás. Te ves increíble. La vida de casada te sienta bien. Era mentira. Tenía ojeras y se sentía un desastre, pero apreció el cumplido. Su padre tuvo que atender a un cliente dejándolo solos. Y como estás de verdad?”, preguntó Daniel en voz baja, su expresión llena de una preocupación genuina que contrastaba brutalmente con la frialdad de Ricardo. Elena sintió que el nudo en su garganta volvía a formarse. Quería derrumbarse y contarle todo, la humillación, la soledad, el miedo, pero no podía.
había hecho un trato. Estoy bien, de verdad. Es un gran cambio. Eso es todo. Daniel asintió, aunque era evidente que no la creía. Bueno, si alguna vez necesitas hablar o simplemente escaparte para tomar un café y recordar viejos tiempos, sabes dónde encontrarme. Extendió la mano y apretó la suya con suavidad. Su tacto era cálido y reconfortante. En ese preciso instante, Elena se dio cuenta de que su sonrisa era sincera por primera vez en días. Reír de un chiste tonto que Daniel hizo sobre una de las plantas, un momento de normalidad en medio de su caótica nueva vida.
Lo que no sabía era que en ese exacto momento un coche negro con los cristales tintados pasaba lentamente por la calle. Dentro, Ricardo Montero se dirigía a una reunión en esa zona de la ciudad. Vio el coche de su empresa aparcado fuera de la modesta floristería. por un impulso que no entendió, le dijo a su chófer que se detuviera un momento y entonces la vio. A través del escaparate vio a Elena, su esposa, y no la vio como la figura tensa y pálida de la boda, sino como una mujer relajada, riendo abiertamente, y la vio con un hombre, un hombre que la miraba con una adoración descarada, sosteniendo su mano.
Ricardo no sintió celos, no en el sentido tradicional. Él no la quería. Lo que sintió fue algo más oscuro, más primario, una punzada de ira posesiva. Esa era la señora Montero, su esposa, y estaba allí en una tienda de mala muerte coqueteando con un don nadie. La imagen de su sonrisa, una sonrisa que él nunca había visto dirigida a él, se le grabó en la mente. Era una afrenta, una violación del trato. Le había ordenado no avergonzarlo y esto era exactamente eso.
“Aranca”, le dijo bruscamente a su chófer. El coche se deslizó silenciosamente, pero la rabia fría de Ricardo empezó a hervir. Esa noche pagaría por su pequeña indiscreción. Esa noche le recordaría exactamente a quién pertenecía. Cuando Elena regresó a la mansión esa tarde, se sentía un poco más ligera. La visita a la tienda y la conversación con Daniel le habían dado un respiro, un recordatorio de que todavía existía una parte de ella que no era la señora Montero.
Se encontró con Carmen, quien le informó que el señor Montero había llamado para decir que llegaría tarde, que no lo esperara para cenar. Elena sintió una oleada de alivio. Cenó sola en el enorme comedor, una comida deliciosa que apenas probó. Luego se retiró a su habitación, se puso un pijama cómodo y se acurrucó en la cama con un libro, esperando que el sueño llegara pronto. Pero pasada la medianoche, el sonido de la puerta principal cerrándose con fuerza la sobresaltó.
Oyó sus pasos pesados y decidido subiendo la escalera. El corazón comenzó a latirle con fuerza. Luego un silencio esperó conteniendo la respiración hasta que un golpe brusco y autoritario sonó en la puerta que conectaba sus habitaciones. Se sobresaltó. No cruces esa puerta a menos que la casa esté en llamas, le había dicho él. ¿Qué quería? Se levantó de la cama, se puso una bata y caminó hacia la puerta con pies temblorosos. Ricardo, abre la puerta. Elena. Su voz era dura, sin espacio para la negociación.
Ella giró la manilla y abrió. Ricardo estaba de pie en el umbral. Se había quitado la corbata y desabrochado los primeros botones de la camisa y su cabello estaba ligeramente desordenado. Olía a whisky de nuevo, pero esta vez sus ojos no estaban fríos. Estaban ardiendo. Ardían con una furia helada que la dejó sin aliento. Sin esperar una invitación, entró en su habitación, su presencia llenando el espacio al instante, haciéndolo parecer pequeño y claustrofóbico. Cerró la puerta tras sí con un clic definitivo.
¿Te divertiste hoy?, preguntó. Su voz era un murmullo bajo y peligroso. Elena retrocedió un paso. ¿De qué estás hablando? No te hagas la tonta conmigo, Siseo, acercándose a ella. Te vi en esa tienducha tuya con ese hombre. La forma en que pronunció la palabra hombre estaba cargada de veneno. La sorpresa y el miedo se reflejaron en el rostro de Elena. ¿Nos viste? Yo solo estaba. Estabas riendo, coqueteando, dejando que te tocara. la interrumpió, su voz subiendo de volumen.
Delante de todo el mundo, la flamante señora Montero actuando como una cualquiera en una esquina. “Y eso no es verdad”, exclamó ella, la injusticia de la acusación encendiendo su propia ira. “Daniel es un amigo, un amigo de toda la vida y no estaba haciendo nada malo.” “Un amigo,” se burló Ricardo ahora a solo unos centímetros de ella. era tan alto, tan imponente. Elena tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo. La forma en que te miraba no era la de un amigo y la forma en que tú le sonreías.
Hizo una pausa y su mirada recorrió su rostro, sus ojos oscuros llenos de una intensidad que la asustó y a un nivel muy profundo y confuso la fascinó. Esa sonrisa no es parte de nuestro trato. No se la das a él. No se la das a nadie, solo a mí, cuando estemos en público y te lo ordene. Su arrogancia era asombrosa. Tú no eres dueño de mis sonrisas, Ricardo. El desafío en su voz pareció enfurecerlo aún más.
En un movimiento rápido, su mano se cerró en su brazo. Su agarre era de acero, no le hacía daño, pero era una demostración inequívoca de poder. No me provoques, Elena. Puede que no me interese tu cuerpo, pero tu nombre, tu imagen ahora son míos y no toleraré que los manches. El calor de su mano atravesó la tela de su bata y su pijama, quemando su piel. La proximidad de su cuerpo, la intensidad de su mirada, el olor de su piel, todo conspiró para crear una extraña mezcla de miedo y una conciencia aguda y vibrante de él como hombre.
No estaba manchando nada”, insistió ella, su voz un susurro tenso. “¿Y no tienes derecho a irrumpir en mi habitación?” Y se inclinó aún más, su rostro a centímetros del de ella, su aliento cálido en su piel. “Tengo todos los derechos. Esta casa es mía. Esta habitación es mía. Y tú,” sus ojos bajaron a sus labios por un instante fugaz. “Tú eres mía. Aunque no te toque, aunque finja que no existes, no lo olvides ni por un segundo.
Cada parte de ti me pertenece ahora. Sus palabras eran crueles, posesivas, pero pronunciadas en ese susurro bajo y ronco, tuvieron un efecto inesperado en ella. Un escalofrío que no era solo de miedo recorrió su cuerpo. Vio algo en sus ojos, una llama oscura, una posesividad cruda que era casi animal y se dio cuenta, con un terror paralizante, de que esa intensidad la atraía. Quizás era la primera emoción genuina que él le había mostrado, aunque fuera ira. Él la vio temblar, vio el desconcierto y algo más en sus ojos.
Su mirada volvió a caer sobre sus labios y por un segundo Elena contuvo la respiración, convencida de que iba a besarla. El aire crepitaba entre ellos, espeso y cargado. Pero entonces, como si se diera cuenta de lo que estaba haciendo, su expresión se endureció de nuevo, volviéndose una máscara de hielo. La soltó tan bruscamente como la había agarrado, dando un paso atrás como si ella misma le quemara. No vuelvas a verme con él”, ordenó su voz recuperando su filo frío.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
