Se llevó los dedos a los labios, aún hormigueantes, sintiendo el eco del beso de Ricardo como una quemadura. Había sido un acto de agresión, de posesión, una erupción de celos tan cruda y violenta que la había dejado sin aliento. Pero debajo de la furia había sentido algo más, una desesperación, una necesidad que la atrajó y la asustó a partes iguales. Y lo peor de todo, la parte más vergonzosa era que su propio cuerpo había respondido. Había ardido bajo su contacto, se había rendido a la tormenta.
Esto no cambia nada. Las palabras que él había lanzado como un último escudo antes de huir resonaban en el vestíbulo silencioso. Mentira. Ambos lo sabían. Todo había cambiado. La línea invisible que habían trazado entre ellos, la frágil paz de su indiferencia mutua, había sido hecha añicos. Él había probado una parte de ella y al hacerlo había despertado un hambre que Elena no sabía que existía. Lentamente, como si sus piernas no le pertenecieran, subió la escalera. Cada paso era un esfuerzo.
No se dirigió a su propia habitación, sino que se detuvo frente a la puerta cerrada de él. Durante un largo minuto, se quedó allí con la mano levantada, sin atreverse a llamar. ¿Qué le diría? ¿Qué le exigiría? ¿Una explicación? ¿Una disculpa? Sabía que no recibiría ninguna de las dos. Con un suspiro tembloroso, dejó caer la mano y entró en su propio cuarto. No durmió esa noche. Se sentó junto a la ventana, observando el amanecer teñer de rosa y naranja el cielo sobre la ciudad, y se dio cuenta de una verdad aterradora.
Odiar a Ricardo Montero había sido sencillo, fácil, pero temer la parte de sí misma que había respondido a él, eso era un infierno. A la mañana siguiente, la casa estaba sumida en un silencio aún más pesado y opresivo que de costumbre. Era el silencio después de una explosión lleno de escombros invisibles y tensión sin resolver. Elena bajó a la cocina con el corazón en un puño, vestida con unos simples vaqueros y un suéter, una armadura contra la formalidad de su nueva vida.
Carmen estaba allí como siempre, pero incluso la amable ama de llaves parecía sentir la atmósfera cargada. ¿Quiere su café, Elena?, preguntó en voz baja, casi con reverencia. Sí, gracias, Carmen. Se sentó a la mesa preparándose mentalmente para el enfrentamiento. Esperaba que Ricardo entrara en cualquier momento con su habitual máscara de fría indiferencia firmemente en su lugar y que actuaran como si la noche anterior no hubiera ocurrido. Pero no lo hizo. Los minutos se convirtieron en media hora.
Carmen, el señor Montero ya se fue, preguntó finalmente, incapaz de soportar más la incertidumbre. Carmen asintió sin mirarla a los ojos. Sí, señora. Salió muy temprano. Antes de que saliera el sol, dejó una nota diciendo que tiene un viaje de negocios inesperado. Estará fuera unos días. Un viaje de negocios. Elena sintió una punzada de algo que se parecía peligrosamente a la decepción, seguida de inmediato por la ira. Estaba huyendo. El hombre poderoso y controlador, el hombre que la había acorralado contra una pared y la había besado hasta dejarla sin sentido, estaba huyendo como un cobarde porque había perdido el control por un instante.
La humillación se mezcló con un extraño y retorcido sentido del poder. Lo había afectado. Había conseguido traspasar su impenetrable armadura. Durante los siguientes tres días, la mansión se sintió más grande y más vacía que nunca. Elena intentó mantenerse ocupada. Llamó a sus padres asegurándoles que todo estaba bien. Una mentira que le supo amarga en la boca. Su hermano Mateo estaba respondiendo bien a los nuevos tratamientos y esa noticia fue el único rayo de sol en su sombrío mundo.
Intentó leer en la biblioteca, pero las palabras se confundían en la página. Nadó en la piscina hasta que sus músculos dolieron tratando de agotar la energía nerviosa que la consumía. Pero cada noche, al acostarse en su cama solitaria, el recuerdo de ese beso volvía con toda su fuerza una y otra vez. Se preguntaba dónde estaba él, qué estaba haciendo. Estaba pensando en ella. La idea era a la vez ridícula y adictiva. Al cuarto día, mientras estaba en el jardín intentando sin éxito interesarse por las rosas, oyó el sonido de un coche en la entrada.
Era un servicio de mensajería. Un joven le entregó una caja larga y elegante atada con una cinta de raso. No había tarjeta de remitente. Intrigada, la llevó dentro y la abrió sobre la mesa del comedor. Dentro, sobre un lecho de papel de seda, había un collar deslumbrante, una fina cadena de oro blanco de la que colgaba un único zafiro azul profundo del mismo color que el vestido que había llevado a la gala. Era la joya más exquisita que había visto en su vida.
No había nota, pero no necesitaba una. Sabía de quién era, Ricardo. Era una ofrenda de paz, una disculpa silenciosa o simplemente otra forma de marcar su territorio, un recordatorio de que podía comprarla con baratijas caras. Estaba mirando la joya, perdida en sus pensamientos cuando Carmen entró en el comedor. “Oh, qué hermoso, Elena”, dijo, sus ojos brillando de admiración. “El señor tiene un gusto excelente.” En ese momento sonó el timbre. “Debe ser otro mensajero”, dijo Carmen yendo a abrir la puerta.
Elena escuchó voces en el vestíbulo y luego los pasos de Carmen regresando, pero no venía sola. Detrás de ella, con una sonrisa encantadora y un enorme ramo de lirios blancos en los brazos, estaba Víctor Ramos. El corazón de Elena dio un vuelco. Se levantó de la silla de un salto, el collar todavía en la mano. ¿Qué está haciendo usted aquí?, preguntó su voz más aguda de lo que pretendía. Por favor, llámame Víctor”, dijo él, su sonrisa ampliándose mientras avanzaba hacia ella, ignorando por completo a la confundida Carmen.
Estaba en el barrio y no pude resistir la tentación de venir a ver cómo estabas después de la precipitada partida de tu marido la otra noche. “Estos son para ti”, le ofreció las flores. Los lirios eran las flores favoritas de Elena. Un detalle que la inquietó profundamente. ¿Cómo lo sabía? ¿Cómo ha conseguido mi dirección? Elena, soy un hombre con recursos. Además, la dirección del famoso Ricardo Montero no es exactamente un secreto de estado. Dijo con ligereza. No debería haber venido.
Mi marido. Tu marido no está. La interrumpió él, sus ojos recorriendo la habitación y deteniéndose en la caja de joyas abiertas sobre la mesa. Vaya, vaya, un regalo de culpabilidad. Un zafiro precioso para una mujer preciosa. Pero me pregunto si sabe que los lirios son tus favoritos. Yo sí lo sé. ¿Cómo? Susurró ella, sintiendo un escalofrío. He hecho mi tarea admitió sinvergüenza. He hablado con algunas personas de tu antigua vida. Me fascina todo sobre ti, Elena. Sobre todo tu desperdicio en manos de un hombre como él.
Dio un paso más cerca. Elena retrocedió instintivamente chocando contra la mesa. Por favor, váyase ahora mismo. Su sonrisa se desvaneció un poco, reemplazada por una intensidad que la asustó. Solo quiero hablar. Quiero que sepas que hay otras opciones, que no tienes que vivir en esta prisión dorada. En ese preciso instante, la puerta principal se abrió de golpe y se cerró con un estruendo que hizo eco en toda la casa. Ricardo estaba de pie en la entrada del comedor.
Llevaba el traje arrugado de su viaje sin corbata, y tenía ojeras de cansancio, pero sus ojos estaban muy despiertos y ardían. Pasaron de la cara sonriente de Víctor al ramo de flores, a la caja de joyas sobre la mesa, y, finalmente, a Elena, que estaba pálida como un fantasma, atrapada entre los dos hombres. El silencio se espesó, vibrando con una violencia a punto de estallar. Pero mira a quién tenemos aquí”, dijo Ricardo. Su voz era un murmullo aterradoramente tranquilo.
“La rata ha salido de su alcantarilla y ha encontrado el camino a mi casa.” Víctor no se inmutó, de hecho, sonrió. “Montero, has vuelto antes de tiempo. Solo le traía unas flores a tu encantadora esposa.” Parecía un poco sola. La provocación fue deliberada, diseñada para encender la mecha y funcionó. En dos ancadas, Ricardo cruzó la habitación. No se molestó en hablar. Su puño se estrelló contra la mandíbula de Víctor con un sonido sordo y repugnante. Víctor se tambaleó hacia atrás, cayendo sobre una silla que se hizo añicos bajo su peso.
Las flores se esparcieron por el suelo. Elena gritó llevándose las manos a la boca. Carmen ahogó un grito y retrocedió hacia la cocina. Ricardo, no suplicó Elena, corriendo hacia él y agarrando su brazo antes de que pudiera lanzarse de nuevo sobre Víctor. El músculo bajo su mano era duro como una roca. Víctor se levantó lentamente, limpiándose un hilo de sangre de la comisura de los labios con el dorso de la mano. Su encantadora fachada se había roto, revelando una expresión de pura malicia.
Siempre tan primitivo, Montero, ¿no puede soportar un poco de competencia? Esto no es competencia, es una infestación. Siseo Ricardo, su cuerpo vibrando de rabia. Se giró ligeramente, lo suficiente para mirar a Elena con una furia que la heló hasta los huesos. Tú lo invitaste. No, claro que no. Acaba de llegar. Te lo juro”, dijo ella desesperadamente. Ricardo la estudió por un momento, sus ojos buscando cualquier rastro de mentira. Luego se volvió hacia Víctor. Fuera de mi casa ahora.
Y si vuelvo a verte cerca de mi esposa, te juro por Dios que la próxima vez no te levantarás del suelo. Esto no ha terminado, Montero! Dijo Víctor ajustándose la chaqueta. Miró a Elena por última vez. una mirada que prometía problemas. Piénsalo, Elena. La jaula no tiene por qué ser para siempre. Y con eso se fue, dejando trás de sí el olor de los lirios pisoteados y una atmósfera envenenada. Tan pronto como la puerta principal se cerró, Ricardo se giró hacia Elena.
La ira no había disminuido. De hecho, parecía haberse intensificado. Agarró el ramo de flores del suelo y lo arrojó a la chimenea apagada con un gesto de furia. “¿Qué demonios hacía él aquí?” “Ya te lo he dicho. No lo sé.” Se presentó sin más. Estaba a punto de echarlo. Cuando llegaste. Su mirada cayó sobre la caja del collar en la mesa. La agarró, cerró la tapa con un golpe seco y la arrojó al otro lado de la habitación, donde golpeó la pared y cayó al suelo.
Y esto, creías que podías comprar mi perdón con joyas. Comprar tu perdón. Tú me besaste y luego huiste como un cobarde durante tres días, gritó ella, el miedo finalmente dando paso a su propia furia. Vuelves aquí y lo primero que haces es empezar a dar puñetazos como un animal y acusarme a mí. Estabas aceptando sus flores. Lo tenías en mi casa. Me estaba amenazando. Y me asustó, replicó ella con lágrimas de frustración picándole en los ojos. Se acercó a él tan enfadada que ya no le importaban las consecuencias.
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